Louis Pasteur es reconocido por sus
notables contribuciones en el campo de la salud humana. Pasteur no fue médico
sino químico, si bien, fue un químico interesado por muchos temas diversos,
incluidos las transformaciones de los compuestos que acaecen en los seres
vivos. Su quehacer evolucionó desde las investigaciones puramente químicas
(actividad óptica de los compuestos químicos y disimetría molecular), a los
fenómenos químicos que suceden mediante la participación de los seres vivos
(las fermentaciones del vinagre, el vino y la cerveza), pasando luego a las
enfermedades animales (enfermedad de los gusanos de seda o pebrina, carbunco,
cólera aviar) y culminado con la prevención y tratamiento de las enfermedades
infecciosas humanas (pasteurización, vacunación antirrábica). Esto último fue
posible gracias al descubrimiento del modo de atenuar la virulencia de un
cultivo de gérmenes y la posibilidad de utilizar luego sus propiedades
inmunizadoras. Reproducimos, a continuación, un
extracto del texto en el que relata sus experiencias con la vacunación
antirrábica.
“Después de efectuar innumerables experiencias,
he descubierto un método profiláctico práctico y rápido que me ha proporcionado
ya en los perros resultados lo bastante numerosos y seguros para confiar por completo en su
aplicación general a todos los animales e incluso al mismo hombre. Este método
de basa fundamentalmente en los hechos siguientes:
La inoculación bajo la duramadre, por
trepanación, de médula infectada de un perro con rabia de la calle produce
siempre esta enfermedad en los conejos tras un periodo medio de incubación de
unos quince días.
Si con el citado procedimiento de inoculación,
se pasa el virus del primer conejo a un segundo, de éste a un tercero, y así
sucesivamente, aparece en seguida una tendencia cada vez más acusada a que el periodo de incubación de
la rabia sea cada vez más corto en los sucesivos conejos.
Después de veinte o veinticinco pases de conejo
a conejo, se consiguen períodos de incubación de ocho días, que se mantienen
durante veinte o veinticinco pases…
Las médulas espinales de esos conejos
contienen, en toda su extensión, un virus rábico de un grado de virulencia
constante. Si se extraen porciones de las mismas de unos pocos centímetros de
longitud, con todas las preocupaciones posibles para conservar su pureza, y se
suspenden en aire seco, la virulencia desaparece por completo hasta extinguirse
por completo. El tiempo en el que esta extinción de la virulencia se realiza,
varía un poco de acuerdo con el espesor de los fragmentos medulares, pero sobre
todo con la temperatura ambiente. Cuando más baja es esta última, más tiempo se
mantiene la virulencia. Estos resultados constituyen el apoyo científico
principal del método.
Establecidos estos hechos, puede conseguirse,
en un tiempo relativamente corto, que un perro quede refractario a la rabia, de
la forma siguiente:
Se suspenden cada día porciones de médula
espinal fresca de un conejo muerto de rabia tras un período de inoculación de
siete días, en una serie de frascos en los que el aire se mantiene seco
mediante trozos de potasa colocados en el fondo. Asimismo, se inocula
diariamente, bajo la piel del perro, una jeringa de Pravaz llena de caldo
esterilizado en el que se ha desleído un pequeño fragmento de una de las
médulas desecadas, comenzando por una lo suficientemente alejada del día de la
operación para tener seguridad de que carece de virulencia… Durante los días
siguientes se repite la misma operación con médulas más recientes, separadas
cada una de ellas por un intervalo de dos días, hasta emplear finalmente una
muy virulenta que ha estado solamente en el frasco durante dos días. El perro
ha quedado entonces refractario a la rabia. Puede ser inoculado con virus
rábico bajo la piel e incluso en la superficie del cerebro, después de trepanarlo, sin que
aparezca la enfermedad.
Con este método había conseguido tener
cincuenta perros de todas las edades y razas refractarios a la rabia, sin un
solo fracaso, cuando el lunes 6 de julio del presente año (1885) se presentaron
inesperadamente en mi laboratorio tres
personas procedentes de Alsacia. Théodore Vone, tendero de Meissengott,
localidad cercana a Sélestat, al que había mordido el 4 de julio su propio
perro, que se había vuelto rabioso.
Joseph Meister, de nueve años, mordido también
el 4 de julio a las ocho de la mañana
por el mismo perro. Este niño había sido derribado por el perro y presentaba
numerosas mordeduras en las manos, las piernas y los muslos, algunas tan
profundas que incluso hacían difícil la deambulación. Las mordeduras
principales habían sido cauterizadas, solamente doce horas después del
accidente, con ácido fénico, el 4 de julio a las 8 de la tarde, por el doctor
Weber, de Villé. La tercera persona, que no había sido mordida, era la madre
del pequeño Joseph Meister.
En la autopsia del perro, abatido por su dueño,
se había encontrado el estómago lleno de heno, paja y de fragmentos de madera.
El perro era muy rabioso. Joseph Meister había siso extraído de debajo del
mismo cubierto de babas y de sangre...
La sesión semanal de la Academia de Ciencias
tenía lugar, precisamente, el 6 de julio. Allí vi a nuestro compañero el Dr.
Vulpian [farmacólogo], a quién relaté lo que acababa de pasarme. El Sr.
Vulpián, así como el Dr. Grancher [pediatra], profesor de la Facultad de
Medicina, tuvieron la amabilidad de venir a ver inmediatamente al pequeño
Joseph Meister y de constatar el estado y número de sus heridas. No tenía menos
de catorce.
El pronóstico de nuestro sabio colega y del Dr.
Grancher fue que, por la intensidad y el número de sus mordeduras, Joseph
Meister estaba expuesto casi fatalmente a adquirir la rabia. Comuniqué entonces
a los señores Vulpian y Grancher los nuevos resultados que había obtenido en el
estudio de la rabia desde la exposición que hice en Copenhague el año anterior.
La muerte de este niño parecía inevitable y me
decidí no sin vivas y crueles inquietudes y de haberlo pensado como es debido,
a intentar en Joseph Meister el método que constantemente me había dado buenos
resultados en los perros…
En consecuencia, el 6 de julio, a las 8 de la
tarde, sesenta horas después de las mordeduras del 4 de julio y en presencia de
los doctores Vulpian y Grancher, se inoculó bajo un pliegue de piel del
hipocondrio derecho del pequeño Meister, media jeringa de Pravaz de una médula
de conejo muerto de rabia el 21 de junio y conservada desde entonces en un
frasco de aire seco, es decir, desde hacía 15 días… Llevé así a 13 el número de
inoculaciones y a 10 el de días de tratamiento… En los últimos días, pues, yo
había inoculado a Joseph Meister el virus rábico más virulento, el del perro
reforzado por una serie de pases de conejos a conejos, virus que provoca la
rabia en estos animales después de siete días de incubación; después de ocho a
diez días a los perros. Estaba autorizado en esta empresa por lo ocurrido en
los cincuenta perros de los que he hablado”.*, **
Joseph Meister se recuperó y no contrajo la
rabia. De adulto, permaneció en el
Instituto Pasteur trabajando como vigilante. En 1940, estando en su puesto, no
pudo evitar la entrada de los nazis en
la cripta donde está enterrado el hombre que le salvó la vida. De vuelta a su casa, se suicidó.
*Méthode pour prévenir la rage après
morsure. Comptes rendus de l’Academie des
Sciences 1885; 101:8765-774. Traducción al castellano por J.M. López Piñero. **Sáez Gómez JM. Un benefactor universal. Pasteur. Tres
Cantos: Nivola 2004, pp. 152-155
Victor M. García Nieto es Doctor en Medicina y especialista en Pediatría, responsable de la Unidad de Nefrología Pediátrica del Hospital Universitario Nuestra Señora de Candelaria. Es autor de 140 artículos, de 23 capítulos en libros científicos, de 71 artículos y capítulos de libros sobre temas relacionados con la historia de la medicina. Es autor de cuatro libros de historia de la medicina [La obra pediátrica de Diego Guigou y Costa (1991), Cámaras celíacas y patocativismo o la historia de la enfermedad celíaca en España (1995), El barco de la viruela. La escala de Balmis en Tenerife (2004), Páginas médicas canarias de ayer (2007)] y coeditor de cinco libros relacionados con la historia de la medicina. En la actualidad, es Presidente de la Asociación Española de Nefrología Pediátrica, Coordinador del Grupo de Historia de la Pediatría de la Asociación Española de Pediatría y Director de la revista Canarias Pediátrica. Colaborador habitual de la revista Acta Médica de Tenerife, en la que escribe artículos sobre Historia de la Medicina.
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