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miércoles, 3 de julio de 2013

La historia de la medicina a través de sus personajes y sus textos (6). Louis Pasteur (1822-1895). La vacunación antirrábica. Por Víctor M García Nieto

Louis Pasteur es reconocido por sus notables contribuciones en el campo de la salud humana. Pasteur no fue médico sino químico, si bien, fue un químico interesado por muchos temas diversos, incluidos las transformaciones de los compuestos que acaecen en los seres vivos. Su quehacer evolucionó desde las investigaciones puramente químicas (actividad óptica de los compuestos químicos y disimetría molecular), a los fenómenos químicos que suceden mediante la participación de los seres vivos (las fermentaciones del vinagre, el vino y la cerveza), pasando luego a las enfermedades animales (enfermedad de los gusanos de seda o pebrina, carbunco, cólera aviar) y culminado con la prevención y tratamiento de las enfermedades infecciosas humanas (pasteurización, vacunación antirrábica). Esto último fue posible gracias al descubrimiento del modo de atenuar la virulencia de un cultivo de gérmenes y la posibilidad de utilizar luego sus propiedades inmunizadoras. Reproducimos, a continuación, un  extracto del texto en el que relata sus experiencias con la vacunación antirrábica.     
“Después de efectuar innumerables experiencias, he descubierto un método profiláctico práctico y rápido que me ha proporcionado ya en los perros resultados lo bastante numerosos  y seguros para confiar por completo en su aplicación general a todos los animales e incluso al mismo hombre. Este método de basa fundamentalmente en los hechos siguientes:
La inoculación bajo la duramadre, por trepanación, de médula infectada de un perro con rabia de la calle produce siempre esta enfermedad en los conejos tras un periodo medio de incubación de unos quince días.
Si con el citado procedimiento de inoculación, se pasa el virus del primer conejo a un segundo, de éste a un tercero, y así sucesivamente, aparece en seguida una tendencia cada vez  más acusada a que el periodo de incubación de la rabia sea cada vez más corto en los sucesivos conejos.
Después de veinte o veinticinco pases de conejo a conejo, se consiguen períodos de incubación de ocho días, que se mantienen durante veinte o veinticinco pases…
Las médulas espinales de esos conejos contienen, en toda su extensión, un virus rábico de un grado de virulencia constante. Si se extraen porciones de las mismas de unos pocos centímetros de longitud, con todas las preocupaciones posibles para conservar su pureza, y se suspenden en aire seco, la virulencia desaparece por completo hasta extinguirse por completo. El tiempo en el que esta extinción de la virulencia se realiza, varía un poco de acuerdo con el espesor de los fragmentos medulares, pero sobre todo con la temperatura ambiente. Cuando más baja es esta última, más tiempo se mantiene la virulencia. Estos resultados constituyen el apoyo científico principal del método.
Establecidos estos hechos, puede conseguirse, en un tiempo relativamente corto, que un perro quede refractario a la rabia, de la forma siguiente:
Se suspenden cada día porciones de médula espinal fresca de un conejo muerto de rabia tras un período de inoculación de siete días, en una serie de frascos en los que el aire se mantiene seco mediante trozos de potasa colocados en el fondo. Asimismo, se inocula diariamente, bajo la piel del perro, una jeringa de Pravaz llena de caldo esterilizado en el que se ha desleído un pequeño fragmento de una de las médulas desecadas, comenzando por una lo suficientemente alejada del día de la operación para tener seguridad de que carece de virulencia… Durante los días siguientes se repite la misma operación con médulas más recientes, separadas cada una de ellas por un intervalo de dos días, hasta emplear finalmente una muy virulenta que ha estado solamente en el frasco durante dos días. El perro ha quedado entonces refractario a la rabia. Puede ser inoculado con virus rábico bajo la piel e incluso en la superficie del  cerebro, después de trepanarlo, sin que aparezca la enfermedad.
Con este método había conseguido tener cincuenta perros de todas las edades y razas refractarios a la rabia, sin un solo fracaso, cuando el lunes 6 de julio del presente año (1885) se presentaron inesperadamente en mi laboratorio  tres personas procedentes de Alsacia. Théodore Vone, tendero de Meissengott, localidad cercana a Sélestat, al que había mordido el 4 de julio su propio perro, que se había vuelto rabioso.
Joseph Meister, de nueve años, mordido también el  4 de julio a las ocho de la mañana por el mismo perro. Este niño había sido derribado por el perro y presentaba numerosas mordeduras en las manos, las piernas y los muslos, algunas tan profundas que incluso hacían difícil la deambulación. Las mordeduras principales habían sido cauterizadas, solamente doce horas después del accidente, con ácido fénico, el 4 de julio a las 8 de la tarde, por el doctor Weber, de Villé. La tercera persona, que no había sido mordida, era la madre del pequeño Joseph Meister.
Figura 1. Joseph Meister (1876-1940)
En la autopsia del perro, abatido por su dueño, se había encontrado el estómago lleno de heno, paja y de fragmentos de madera. El perro era muy rabioso. Joseph Meister había siso extraído de debajo del mismo cubierto de babas y de sangre...
La sesión semanal de la Academia de Ciencias tenía lugar, precisamente, el 6 de julio. Allí vi a nuestro compañero el Dr. Vulpian [farmacólogo], a quién relaté lo que acababa de pasarme. El Sr. Vulpián, así como el Dr. Grancher [pediatra], profesor de la Facultad de Medicina, tuvieron la amabilidad de venir a ver inmediatamente al pequeño Joseph Meister y de constatar el estado y número de sus heridas. No tenía menos de catorce.
El pronóstico de nuestro sabio colega y del Dr. Grancher fue que, por la intensidad y el número de sus mordeduras, Joseph Meister estaba expuesto casi fatalmente a adquirir la rabia. Comuniqué entonces a los señores Vulpian y Grancher los nuevos resultados que había obtenido en el estudio de la rabia desde la exposición que hice en Copenhague el año anterior.
La muerte de este niño parecía inevitable y me decidí no sin vivas y crueles inquietudes y de haberlo pensado como es debido, a intentar en Joseph Meister el método que constantemente me había dado buenos resultados en los perros…
En consecuencia, el 6 de julio, a las 8 de la tarde, sesenta horas después de las mordeduras del 4 de julio y en presencia de los doctores Vulpian y Grancher, se inoculó bajo un pliegue de piel del hipocondrio derecho del pequeño Meister, media jeringa de Pravaz de una médula de conejo muerto de rabia el 21 de junio y conservada desde entonces en un frasco de aire seco, es decir, desde hacía 15 días… Llevé así a 13 el número de inoculaciones y a 10 el de días de tratamiento… En los últimos días, pues, yo había inoculado a Joseph Meister el virus rábico más virulento, el del perro reforzado por una serie de pases de conejos a conejos, virus que provoca la rabia en estos animales después de siete días de incubación; después de ocho a diez días a los perros. Estaba autorizado en esta empresa por lo ocurrido en los cincuenta perros de los que he hablado”.*, **
Joseph Meister se recuperó y no contrajo la rabia. De adulto, permaneció  en el Instituto Pasteur trabajando como vigilante. En 1940, estando en su puesto, no pudo  evitar la entrada de los nazis en la cripta donde está enterrado el hombre que le salvó la vida. De vuelta  a su casa, se suicidó.
*Méthode pour prévenir la rage après morsure. Comptes rendus de l’Academie des Sciences 1885; 101:8765-774. Traducción al castellano por J.M. López Piñero. **Sáez Gómez JM. Un benefactor universal. Pasteur. Tres Cantos: Nivola 2004, pp. 152-155
Victor M. García Nieto es Doctor en Medicina y especialista en Pediatría, responsable de la Unidad de Nefrología Pediátrica del Hospital Universitario Nuestra Señora de Candelaria. Es autor de 140 artículos, de 23 capítulos en libros científicos, de 71 artículos y capítulos de libros sobre temas relacionados con la historia de la medicina. Es autor de cuatro libros de historia de la medicina [La obra pediátrica de Diego Guigou y Costa (1991), Cámaras celíacas y patocativismo o la historia de la enfermedad celíaca en España (1995), El barco de la viruela. La escala de Balmis en Tenerife (2004), Páginas médicas canarias de ayer (2007)] y coeditor de cinco libros relacionados con la historia de la medicina. En la actualidad, es Presidente de la Asociación Española de Nefrología Pediátrica, Coordinador del Grupo de Historia de la Pediatría de la Asociación Española de Pediatría y Director de la revista Canarias Pediátrica. Colaborador habitual de la revista Acta Médica de Tenerife, en la que escribe artículos sobre Historia de la Medicina.
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domingo, 12 de mayo de 2013

La historia de la medicina a través de sus personajes y sus textos (5). Edward Jenner (1749-1823). El descubrimiento de la primera vacuna. Por Víctor M. García Nieto


“Mi madre ha hecho vacunar al chico de la criada Nicolasa. Se le han presentado tres viruelas mayores que las comunes, y que forman debajo un tumor de alguna consistencia. Ha seguido su curación con la misma felicidad que los niños del país, en quienes se ha ejecutado este descubrimiento” *

El descubrimiento e introducción de las vacunas y los antibióticos es una de las razones más evidentes que han permitido reducir las tasas de mortalidad infantil, tan elevadas en el pasado. Edward Jenner, un gran observador, inició esa ardua lucha contra las enfermedades infecciosas que durante siglos cercenaron muchas vidas. El primer niño vacunado de la viruela, James Phipps y la lechera donante del fluido vacunal destinado a inmunizar al niño, Sarah Nelmes, han pasado, con razón, a la historia.

Escribió Jenner: “Diferentes especies de materiales infecciosos, al ser absorbidos por el organismo, pueden producir efectos en cierto modo similares, pero la singularidad del virus de la viruela vacuna es que la persona que ha sido afectada por él está libre para siempre de la infección de la viruela: ni la exposición a las emanaciones variólicas, ni la introducción de la sustancia mórbida en la piel le producirán este mal. Para apoyar este hecho extraordinario expondré a mi lector gran número de casos.
 

Figura 1. Portada de la traducción castellana realizada por Balmis del tratado de Jacques-Louis Moreau de la Sarthe sobre la vacuna antivariólica. Este libro fue entregado en los distintos puertos a los que arribaba la expedición 

Caso I. José Merret, ahora segundo jardinero del conde de Berkeley, vivía en el año 1770 como sirviente en casa de un granjero vecino de esta localidad. Ocasionalmente ayudaba a ordeñar las vacas de su patrón. Varios caballos que pertenecían a la granja comenzaron a padecer de úlceras en los cascos, y a menudo los curaba Merret. Poco después, las vacas enfermaron de viruela vacuna, e inmediatamente aparecieron varias úlceras en las manos de Merret, seguidas de hinchazón y endurecimiento en las axilas, y se sintió tan indispuesto durante varios días que no pudo cumplir sus tareas habituales. Antes de que sobreviniera el mal entre las vacas, no se había adquirido ninguna vaca nueva en la granja, ni había entrado sirviente alguno afectado de viruela vacuna.
         En abril de 1795, al efectuar aquí una variolización general, Merret fue inoculado junto con su familia; había pasado un período de veinticinco años desde que contrajera la viruela vacuna y, sin embargo, aunque el material fue introducido repetidas veces en su brazo, no logró infectarlo; sólo apareció en la piel, alrededor de las zonas inoculadas, una erupción que fue tomando un aspecto erisipelatoso en su parte central. Durante todo el tiempo que su familia padeció de la viruela -uno de sus miembros en forma muy aguda- permaneció en la casa junto a ellos, sin que esta exposición al contagio le causara ningún daño…

         Caso XVII. Para observar más detenidamente el progreso de la enfermedad elegí a un niño sano de unos ocho años de edad, a quién debía inoculársele la viruela vacuna. El material fue tomado de una úlcera de la mano de una lechera  infectada por las vacas de su patrón e introducido en el brazo del niño el día 14 de mayo de 1796 por medio de dos incisiones superficiales de media pulgada de largo cada una y que penetraban apenas en la piel.

Al séptimo día, el niño se quejó de una molestia en la axila; al noveno día sintió escalofríos, pérdida del apetito y un ligero dolor de cabeza; pasó el día bastante indispuesto y durmió mal por la noche, pero al día siguiente se encontraba restablecido.

El aspecto de las incisiones hasta su completo desarrollo era muy semejante al que resulta de la aplicación del virus de viruela en las mismas condiciones. La única diferencia que percibí era que el líquido límpido producido por la acción del virus tomó en este caso un tinte más oscuro y que la erupción que se extendía alrededor de las incisiones tenía un aspecto más erisipelatoso que el de las que observamos en general cuando se ha utilizado material de viruela; pero todo desapareció (dejando en las partes inoculadas costras y escaras), sin ocasionarnos a mi ni al enfermo ninguna molestia. 
 
 
Figura 2. “Progresión de los granos de la vacuna desde el día 4º hasta el 15º en su tamaño y color natural”. Grabado iluminado a mano, del artista valenciano José Ximeno Carrera. Ilustró la introducción de Balmis a su traducción del libro de Moreau. Biblioteca y Museo Histórico-Médicos, Valencia
Con el objeto de demostrar que el niño estaba indemne del contagio de la viruela, luego de haber sufrido su organismo una afección tan leve provocada por el virus de la viruela vacuna, fue inoculado el primero de julio del mismo año con material de viruela tomado directamente de una pústula. Le fueron practicadas varias punciones e incisiones en los dos brazos, y el líquido fue introducido con todo cuidado, pero no le siguió ninguna enfermedad. Sus brazos presentaban el mismo aspecto que el que observamos cuando se aplica material varioloso a un enfermo que ya ha padecido la viruela vacuna o la viruela. Varios meses después, el niño fue nuevamente inoculado con material varioloso, lo que no produjo ningún efecto sensible en su organismo"**.

Canarias y, en concreto, Tenerife, es un insigne eslabón en la historia de la vacuna contra la viruela. En efecto, el 9 de diciembre de 1803 la corbeta María Pita arribó al puerto de Santa Cruz de Tenerife. Entre sus pasajeros figuraban 22 niños expósitos procedentes de la inclusa de La Coruña que constituían los humildes y eficaces portadores del fluido vacunal. Se trataba de la denominada expedición Balmis que permitió que muchos niños canarios se vacunasen antes de que esa expedición llegase a América, su destino principal***.
 
*Primo de la Guerra J. Diario I. 1800-1807. Madrid: Aula de Cultura de Tenerife 1976, pp. 219-320. **Jenner E. An inquiry into the causes and effects of the variolae vaccinae. London 1789. Traducción castellana por R. Navarro Viola. En: Las tres memorias originales sobre la vacunación antivariólica. Buenos Aires: Emecé 1946. ***García Nieto V. El barco de la viruela. La escala de Balmis en Tenerife. Santa Cruz de Tenerife: Ed. Idea 2004

Victor M. García Nieto es Doctor en Medicina y especialista en Pediatría, responsable de la Unidad de Nefrología Pediátrica del Hospital Universitario Nuestra Señora de Candelaria. Es autor de 140 artículos, de 23 capítulos en libros científicos, de 71 artículos y capítulos de libros sobre temas relacionados con la historia de la medicina. Es autor de cuatro libros de historia de la medicina [La obra pediátrica de Diego Guigou y Costa (1991), Cámaras celíacas y patocativismo o la historia de la enfermedad celíaca en España (1995), El barco de la viruela. La escala de Balmis en Tenerife (2004), Páginas médicas canarias de ayer (2007)] y coeditor de cinco libros relacionados con la historia de la medicina. En la actualidad, es Presidente de la Asociación Española de Nefrología Pediátrica, Coordinador del Grupo de Historia de la Pediatría de la Asociación Española de Pediatría y Director de la revista Canarias Pediátrica. Colaborador habitual de la revista Acta Médica de Tenerife, en la que escribe artículos sobre Historia de la Medicina.
 
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viernes, 1 de marzo de 2013

La historia de la medicina a través de sus personajes y sus textos (4). William Withering (1741-1799). El descubrimiento de la digital. Por Víctor M. García Nieto

La medicina siempre ha avanzado gracias al a ayuda de otras disciplinas. En el caso de la química, su influencia es evidente. En la época en la que se desarrolló nuestra historia, el último tercio del siglo XVIII, grandes químicos estudiaban con sus primeras reacciones la constitución de la naturaleza. Así, por ejemplo, en el caso concreto de los cálculos renales, Karl Wilhelm Scheele (1742-1786) químico farmacéutico sueco, descubridor de muchos elementos y sustancias químicas (bario, cloro, manganeso, molibdeno, wolframio), describió la presencia de acido oxálico en algunas raíces y cortezas de vegetales y, especialmente, en el ruibarbo. El mismo autor descubrió en 1776, al analizar algunos cálculos urinarios, una sustancia (acido lítico) que daba un color púrpura al ponerse en contacto con ácido nítrico; años después, el francés Fourcroy la redenominó ácido úrico. El inicio del conocimiento de la constitución química de los organismos vivos llegaría algo más tarde. Así, En 1828, Wöhler, interesado particularmente por los cianuros y los compuestos relacionados con ellos, calentó un compuesto denominado cianato amónico, considerado en aquella época como una sustancia inorgánica, sin ningún tipo de conexión con la materia viva. La sorpresa es  que se formaron cristales de urea, en contra del pensamiento científico de la época, que creía que un producto de los “procesos vitales” no se podía obtener en el laboratorio a partir de materia inorgánica. Tras esta introducción, el improbable lector entenderá mejor el primer párrafo del texto de William Withering (1741-1799) (figura 1) que reproducimos parcialmente, a continuación.
 
Figura 1.- William Withering (1741-1799)
“Las propiedades más evidentes y sensibles de las plantas, como el color, el sabor y el olor, apenas tienen relación con las enfermedades para cuya curación son apropiadas… Tras una gran pérdida de tiempo y trabajo se ha demostrado que carece de utilidad su análisis químico por el fuego, que actualmente ha sido abandonado de forma general. Posiblemente se descubrirán otros métodos de análisis que proporcionen mejores resultados, pero hasta ahora hemos progresado muy poco en la química de las sustancias animales y vegetales. Por ello, sus virtudes tienen que ser estudiadas mediante observaciones de sus efectos en animales inferiores y en cuadrúpedos, o bien deducidas por analogía de las acciones ya conocidas de algunas del mismo género, o de su uso empírico y la experiencia popular…
En una circunstancia de este tipo me interesé por vez primera por la digital. El año 1775 me consultaron acerca de una receta popular para la curación de la hidropesía. Me informaron que durante largo tiempo había sido mantenida en secreto por una vieja de Shropshire que había conseguido a veces curaciones tras fracasar los clínicos más experimentados. Me enteré también de que los efectos que producía eran fuertes vómitos y diarreas, mientras que la acción diurética parecía no haber sido tenida en cuenta. El remedio se componía de veinte o más hierbas diferentes, pero no resultaba difícil para cualquiera familiarizado con estas materias descubrir que la planta activa no podía ser otra que la digital…
Si se administra la digital a dosis muy elevadas y repetidas produce malestar, vómitos, diarreas, vértigos, visión confusa, apareciendo los objetos verdes y amarillos. La excreción urinaria está aumentada, con necesidad frecuente de expulsarla y, en ocasiones, incapacidad para retenerla. El pulso es lento, incluso de 35 pulsaciones por minuto. Aparecen, por último, sudoraciones frías, convulsiones, síncope y muerte.
Si se administra de forma más moderada, produce la mayor parte de estos efectos con menor intensidad. Es curioso observar que con una determinada dosis de medicamento las alteraciones no aparecen hasta muchas horas después de su administración  y que la excreción urinaria aparece en ocasiones al mismo tiempo que las alteraciones y con más frecuencia varios días después, siendo a menudo interrumpida por ellas. La enfermedad así producida es muy diferente de la ocasionada por cualquier otro medicamento. Es especialmente penosa para el paciente, cesa y vuelve a aparecer tan violenta como antes, prosiguiendo durante tres o cuatro días sus reapariciones a intervalos cada vez más distantes. Estas alteraciones, sin embargo, no son todas necesarias. Son el resultado de nuestra inexperiencia y, en mayor o menor grado, se presentan en circunstancias parecidas al administrar casi todos los medicamentos activos y poderosos.
Quizás el lector entienda mejor la forma en la que debe ser administrado con un resumen de mis propios progresos que con preceptos terminantes que dejen sin aclarar su procedencia.
Al principio creí necesario producir y mantener las alteraciones para asegurar los efectos diuréticos.
Muy pronto me di cuenta de que una vez aparecidas las nauseas no era necesario reiterar el medicamento, ya que volvían a aparecer a intervalos más o menos grandes. En consecuencia, decidí que mis enfermos lo tomaran hasta que se presentaran las nauseas, suspendiéndole entonces.
No obstante, comprobé que los efectos diuréticos podían aparecer antes y que a veces se interrumpían cuando sobrevenía el malestar o la diarrea. La pauta a seguir fue ampliada, por lo tanto, en la siguiente forma: continuar la medicación hasta que aparezca la excreción urinaria, el malestar o la diarrea.
Durante dos o tres años me consideré satisfecho con estas normas, pero de tarde en tarde tuve algunos casos en los que el pulso se enlentecía en grado alarmante, sin ningún otro efecto previo. Ello exigió que en las normas prestara atención al estado del pulso, que se debía, más que a repetir las dosis  con demasiada frecuencia, a no dejar tiempo suficiente para que cada una de ellas produjera efecto, lo que conducía a administrar  una cantidad nociva de medicamento antes de que aparecieran los signos fijados para su suspensión”*.
La digital fue el medicamento más importante introducido durante el siglo XVIII en la práctica médica. Como puede leerse al inicio del texto, William Withering,  conocido como el "Linneo inglés" por sus contribuciones a la botánica, empezó sus investigaciones a partir de un remedio popular. Identificó que el componente activo era la dedalera o digitalis purpurea (figura 2). En su experiencia clínica acumulada, Withering descubrió que la digital no era eficaz en todo los tipos de hidropesías o enfermedades que cursaban con edemas o retención de líquidos. Sin embargo, observó que la digital actuaba básicamente en el corazón e identificó los síntomas de la intoxicación digitálica.
 
Figura 2.-Digitalis Purpurea
 
Nota: Para los lectores de Canarias queremos recordar que en las islas existen tres tipos de plantas del genero Digitalis (isoplexis canariensis, isabelliana y chalcantha) en las que los investigadores del “Instituto Universitario de Bio-Orgánica Antonio González” han obtenido varios glucósidos cardioactivos (García Nieto V. El Instituto de Fisiología y Patología Regionales de Tenerife hace 50 años (1.958). ¿Hay digital en Canarias? Acta Médica 2008; nº 160:11-13). Withering estuvo dos veces en Portugal a donde viajó con la ilusión de mejorar los síntomas de la enfermedad tuberculosa que padecía. Dado su buen clima, las islas Madeira fueron un lugar acreditado de recepción de los pacientes europeos que buscaban la mejoría clínica de determinadas enfermedades crónicas, sobre todo respiratorias. Más tarde, acudirían a Canarias con el mismo objetivo. Si Withering estuvo en Madeira, hubiera podido observar la planta digital propia de la isla, la isoplexis sceptrum.
* An account of the foxglove, and some of its medical uses, with practical remarks on dropsy and other diseases. Birminghan, G.G.J. and J. Robinson, 1785. Traducción al castellano por J. M. López Piñero



Victor M. García Nieto es Doctor en Medicina y especialista en Pediatría, responsable de la Unidad de Nefrología Pediátrica del Hospital Universitario Nuestra Señora de Candelaria. Es autor de 140 artículos, de 23 capítulos en libros científicos, de 71 artículos y capítulos de libros sobre temas relacionados con la historia de la medicina. Es autor de cuatro libros de historia de la medicina [La obra pediátrica de Diego Guigou y Costa (1991), Cámaras celíacas y patocativismo o la historia de la enfermedad celíaca en España (1995), El barco de la viruela. La escala de Balmis en Tenerife (2004), Páginas médicas canarias de ayer (2007)] y coeditor de cinco libros relacionados con la historia de la medicina
En la actualidad, es Presidente de la Asociación Española de Nefrología Pediátrica, Coordinador del Grupo de Historia de la Pediatría de la Asociación Española de Pediatría y Director de la revista Canarias Pediátrica. Colaborador habitual de la revista Acta Médica de Tenerife, en la que escribe artículos sobre Historia de la Medicina.

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lunes, 8 de octubre de 2012

La historia de la medicina a través de sus personajes y sus textos. Antony van Leeuwenhoek (1632-1723). Por Víctor M. García Nieto


Victor  M. García Nieto es Doctor en Medicina y especialista en Pediatría, responsable de la Unidad de Nefrología Pediátrica del Hospital Universitario Nuestra Señora de Candelaria. Es autor de 140 artículos, de 23 capítulos en libros científicos, de 71 artículos y capítulos de libros sobre temas relacionados con la historia de la medicina. Es autor de cuatro libros de historia de la medicina [La obra pediátrica de Diego Guigou y Costa (1991), Cámaras celíacas y patocativismo o la historia de la enfermedad celíaca en España (1995), El barco de la viruela. La escala de Balmis en Tenerife (2004), Páginas médicas canarias de ayer (2007)] y coeditor de cinco libros relacionados con la historia de la medicina
En la actualidad, es Presidente de la Asociación Española de Nefrología Pediátrica, Coordinador del Grupo de Historia de la Pediatría de la Asociación Española de Pediatría y Director de la revista Canarias Pediátrica. Colaborador habitual de la revista Acta Médica de Tenerife, en la que escribe artículos sobre Historia de la Medicina.


Antony van Leeuwenhoek no era médico, pero hizo por el avance de la medicina más que muchos de los médicos que vivieron en su época. Tenía, no obstante, la primera cualidad que debe tener un investigador, la curiosidad. Era tendero, tenía un comercio de telas, pero era un tendero curioso. Con la ayuda de unas lentes que aprendió a tallar y a perfeccionar, se extasió con la visión de lo diminuto, de lo microscópico. Y confirmó que existía la vida más allá del límite alcanzable por nuestra visión. El texto que reproducimos, expresa la admiración del autor por la visión de la flora saprofita que habitaba en el sarro de sus dientes a pesar de practicar una higiene dental muy loable, ya que se trataba de una práctica poco habitual en su época. La Royal Society de Londres dio el ejemplo de publicar sus observaciones (Philosophical Transactions of the Royal Society),  a pesar de que no era médico.     
Leeuwenhoek. Cortesía de Victor  M. García Nieto

“Le envié hace algún tiempo mis observaciones acerca de los esputos, que he visto después impresas en las Lectures and Collections publicadas por Robert Hooke, secretario de la Royal Society, el año 1678. Desde entonces he realizado nuevas indagaciones en mis esputos, con la idea de que si existen animalillos en el cuerpo acabarán por aparecer tarde o temprano en los conductos salivares. No obstante, en las observaciones que he practicado con tal fin, no he podido descubrir animalillos en ellos, ni añadir nada nuevo a lo que ya tengo escrito.

Por la mañana acostumbro a frotarme los dientes con sal y a enjuagarme después la boca con agua. A menudo, después de comer, me limpio los molares con un mondadientes y me los froto enérgicamente con un trozo de tela. Por ello mis incisivos y mis molares están limpios y blancos, mientras que los ha perdido la mayor parte de las personas de mi edad (cincuenta y un años), y mis encías nunca sangran a pesar de lo fuerte que es la sal con que me las froto. No obstante, mis dientes no están tan limpios que no encuentre introducida entre algunos de ellos, siempre que los miro con una lente de aumento, un poco de materia blanca, tan espesa como si fuera pasta. Al examinarla, pensé, aunque no podía ver nada que se moviera, que quizá contenía animalillos vivos. La mezclé, por lo tanto, en diversas ocasiones con agua limpia de lluvia que no tenía animalillos, y también con mis propios esputos, después de haber eliminado las burbujas de aire para evitar que produjeran cualquier movimiento en ellos. Observé entonces casi siempre, con gran asombro, que en la citada materia existían numerosos animalillos vivos dotados de movimientos muy bonitos”*.

* Arcana Naturae Detecta, Delphis Batavorum, 1695. Traducción al castellano de J. M. López Piñero