viernes, 1 de marzo de 2013

La historia de la medicina a través de sus personajes y sus textos (4). William Withering (1741-1799). El descubrimiento de la digital. Por Víctor M. García Nieto

La medicina siempre ha avanzado gracias al a ayuda de otras disciplinas. En el caso de la química, su influencia es evidente. En la época en la que se desarrolló nuestra historia, el último tercio del siglo XVIII, grandes químicos estudiaban con sus primeras reacciones la constitución de la naturaleza. Así, por ejemplo, en el caso concreto de los cálculos renales, Karl Wilhelm Scheele (1742-1786) químico farmacéutico sueco, descubridor de muchos elementos y sustancias químicas (bario, cloro, manganeso, molibdeno, wolframio), describió la presencia de acido oxálico en algunas raíces y cortezas de vegetales y, especialmente, en el ruibarbo. El mismo autor descubrió en 1776, al analizar algunos cálculos urinarios, una sustancia (acido lítico) que daba un color púrpura al ponerse en contacto con ácido nítrico; años después, el francés Fourcroy la redenominó ácido úrico. El inicio del conocimiento de la constitución química de los organismos vivos llegaría algo más tarde. Así, En 1828, Wöhler, interesado particularmente por los cianuros y los compuestos relacionados con ellos, calentó un compuesto denominado cianato amónico, considerado en aquella época como una sustancia inorgánica, sin ningún tipo de conexión con la materia viva. La sorpresa es  que se formaron cristales de urea, en contra del pensamiento científico de la época, que creía que un producto de los “procesos vitales” no se podía obtener en el laboratorio a partir de materia inorgánica. Tras esta introducción, el improbable lector entenderá mejor el primer párrafo del texto de William Withering (1741-1799) (figura 1) que reproducimos parcialmente, a continuación.
 
Figura 1.- William Withering (1741-1799)
“Las propiedades más evidentes y sensibles de las plantas, como el color, el sabor y el olor, apenas tienen relación con las enfermedades para cuya curación son apropiadas… Tras una gran pérdida de tiempo y trabajo se ha demostrado que carece de utilidad su análisis químico por el fuego, que actualmente ha sido abandonado de forma general. Posiblemente se descubrirán otros métodos de análisis que proporcionen mejores resultados, pero hasta ahora hemos progresado muy poco en la química de las sustancias animales y vegetales. Por ello, sus virtudes tienen que ser estudiadas mediante observaciones de sus efectos en animales inferiores y en cuadrúpedos, o bien deducidas por analogía de las acciones ya conocidas de algunas del mismo género, o de su uso empírico y la experiencia popular…
En una circunstancia de este tipo me interesé por vez primera por la digital. El año 1775 me consultaron acerca de una receta popular para la curación de la hidropesía. Me informaron que durante largo tiempo había sido mantenida en secreto por una vieja de Shropshire que había conseguido a veces curaciones tras fracasar los clínicos más experimentados. Me enteré también de que los efectos que producía eran fuertes vómitos y diarreas, mientras que la acción diurética parecía no haber sido tenida en cuenta. El remedio se componía de veinte o más hierbas diferentes, pero no resultaba difícil para cualquiera familiarizado con estas materias descubrir que la planta activa no podía ser otra que la digital…
Si se administra la digital a dosis muy elevadas y repetidas produce malestar, vómitos, diarreas, vértigos, visión confusa, apareciendo los objetos verdes y amarillos. La excreción urinaria está aumentada, con necesidad frecuente de expulsarla y, en ocasiones, incapacidad para retenerla. El pulso es lento, incluso de 35 pulsaciones por minuto. Aparecen, por último, sudoraciones frías, convulsiones, síncope y muerte.
Si se administra de forma más moderada, produce la mayor parte de estos efectos con menor intensidad. Es curioso observar que con una determinada dosis de medicamento las alteraciones no aparecen hasta muchas horas después de su administración  y que la excreción urinaria aparece en ocasiones al mismo tiempo que las alteraciones y con más frecuencia varios días después, siendo a menudo interrumpida por ellas. La enfermedad así producida es muy diferente de la ocasionada por cualquier otro medicamento. Es especialmente penosa para el paciente, cesa y vuelve a aparecer tan violenta como antes, prosiguiendo durante tres o cuatro días sus reapariciones a intervalos cada vez más distantes. Estas alteraciones, sin embargo, no son todas necesarias. Son el resultado de nuestra inexperiencia y, en mayor o menor grado, se presentan en circunstancias parecidas al administrar casi todos los medicamentos activos y poderosos.
Quizás el lector entienda mejor la forma en la que debe ser administrado con un resumen de mis propios progresos que con preceptos terminantes que dejen sin aclarar su procedencia.
Al principio creí necesario producir y mantener las alteraciones para asegurar los efectos diuréticos.
Muy pronto me di cuenta de que una vez aparecidas las nauseas no era necesario reiterar el medicamento, ya que volvían a aparecer a intervalos más o menos grandes. En consecuencia, decidí que mis enfermos lo tomaran hasta que se presentaran las nauseas, suspendiéndole entonces.
No obstante, comprobé que los efectos diuréticos podían aparecer antes y que a veces se interrumpían cuando sobrevenía el malestar o la diarrea. La pauta a seguir fue ampliada, por lo tanto, en la siguiente forma: continuar la medicación hasta que aparezca la excreción urinaria, el malestar o la diarrea.
Durante dos o tres años me consideré satisfecho con estas normas, pero de tarde en tarde tuve algunos casos en los que el pulso se enlentecía en grado alarmante, sin ningún otro efecto previo. Ello exigió que en las normas prestara atención al estado del pulso, que se debía, más que a repetir las dosis  con demasiada frecuencia, a no dejar tiempo suficiente para que cada una de ellas produjera efecto, lo que conducía a administrar  una cantidad nociva de medicamento antes de que aparecieran los signos fijados para su suspensión”*.
La digital fue el medicamento más importante introducido durante el siglo XVIII en la práctica médica. Como puede leerse al inicio del texto, William Withering,  conocido como el "Linneo inglés" por sus contribuciones a la botánica, empezó sus investigaciones a partir de un remedio popular. Identificó que el componente activo era la dedalera o digitalis purpurea (figura 2). En su experiencia clínica acumulada, Withering descubrió que la digital no era eficaz en todo los tipos de hidropesías o enfermedades que cursaban con edemas o retención de líquidos. Sin embargo, observó que la digital actuaba básicamente en el corazón e identificó los síntomas de la intoxicación digitálica.
 
Figura 2.-Digitalis Purpurea
 
Nota: Para los lectores de Canarias queremos recordar que en las islas existen tres tipos de plantas del genero Digitalis (isoplexis canariensis, isabelliana y chalcantha) en las que los investigadores del “Instituto Universitario de Bio-Orgánica Antonio González” han obtenido varios glucósidos cardioactivos (García Nieto V. El Instituto de Fisiología y Patología Regionales de Tenerife hace 50 años (1.958). ¿Hay digital en Canarias? Acta Médica 2008; nº 160:11-13). Withering estuvo dos veces en Portugal a donde viajó con la ilusión de mejorar los síntomas de la enfermedad tuberculosa que padecía. Dado su buen clima, las islas Madeira fueron un lugar acreditado de recepción de los pacientes europeos que buscaban la mejoría clínica de determinadas enfermedades crónicas, sobre todo respiratorias. Más tarde, acudirían a Canarias con el mismo objetivo. Si Withering estuvo en Madeira, hubiera podido observar la planta digital propia de la isla, la isoplexis sceptrum.
* An account of the foxglove, and some of its medical uses, with practical remarks on dropsy and other diseases. Birminghan, G.G.J. and J. Robinson, 1785. Traducción al castellano por J. M. López Piñero



Victor M. García Nieto es Doctor en Medicina y especialista en Pediatría, responsable de la Unidad de Nefrología Pediátrica del Hospital Universitario Nuestra Señora de Candelaria. Es autor de 140 artículos, de 23 capítulos en libros científicos, de 71 artículos y capítulos de libros sobre temas relacionados con la historia de la medicina. Es autor de cuatro libros de historia de la medicina [La obra pediátrica de Diego Guigou y Costa (1991), Cámaras celíacas y patocativismo o la historia de la enfermedad celíaca en España (1995), El barco de la viruela. La escala de Balmis en Tenerife (2004), Páginas médicas canarias de ayer (2007)] y coeditor de cinco libros relacionados con la historia de la medicina
En la actualidad, es Presidente de la Asociación Española de Nefrología Pediátrica, Coordinador del Grupo de Historia de la Pediatría de la Asociación Española de Pediatría y Director de la revista Canarias Pediátrica. Colaborador habitual de la revista Acta Médica de Tenerife, en la que escribe artículos sobre Historia de la Medicina.

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