La
medicina siempre ha avanzado gracias al a ayuda de otras disciplinas. En el
caso de la química, su influencia es evidente. En la época en la que se
desarrolló nuestra historia, el último tercio del siglo XVIII, grandes químicos
estudiaban con sus primeras reacciones la constitución de la naturaleza. Así, por ejemplo, en el caso concreto
de los cálculos renales, Karl Wilhelm Scheele (1742-1786) químico
farmacéutico sueco, descubridor de muchos elementos y sustancias químicas (bario, cloro, manganeso, molibdeno,
wolframio), describió la presencia de acido oxálico en algunas raíces y
cortezas de vegetales y, especialmente, en el ruibarbo. El mismo autor descubrió en 1776, al analizar
algunos cálculos urinarios, una sustancia (acido lítico) que daba un color
púrpura al ponerse en contacto con ácido nítrico; años después, el francés
Fourcroy la redenominó ácido úrico. El inicio del conocimiento de
la constitución química de los organismos vivos llegaría algo más tarde. Así, En 1828, Wöhler, interesado particularmente por los cianuros
y los compuestos relacionados con ellos, calentó un compuesto denominado cianato amónico, considerado en
aquella época como una sustancia inorgánica, sin ningún tipo de conexión con la
materia viva. La sorpresa es que se formaron
cristales de urea, en contra del
pensamiento científico de la época, que creía que un producto de los “procesos
vitales” no se podía obtener en el laboratorio a partir de materia inorgánica.
Tras esta introducción, el improbable lector entenderá mejor el primer párrafo
del texto de William Withering (1741-1799) (figura 1) que reproducimos parcialmente,
a continuación.
“Las
propiedades más evidentes y sensibles de las plantas, como el color, el sabor y
el olor, apenas tienen relación con las enfermedades para cuya curación son
apropiadas… Tras una gran pérdida de tiempo y trabajo se ha demostrado que
carece de utilidad su análisis químico por el fuego, que actualmente ha sido
abandonado de forma general. Posiblemente se descubrirán otros métodos de
análisis que proporcionen mejores resultados, pero hasta ahora hemos progresado
muy poco en la química de las sustancias animales y vegetales. Por ello, sus
virtudes tienen que ser estudiadas mediante observaciones de sus efectos en
animales inferiores y en cuadrúpedos, o bien deducidas por analogía de las
acciones ya conocidas de algunas del mismo género, o de su uso empírico y la
experiencia popular…
En
una circunstancia de este tipo me interesé por vez primera por la digital. El
año 1775 me consultaron acerca de una receta popular para la curación de la
hidropesía. Me informaron que durante largo tiempo había sido mantenida en secreto
por una vieja de Shropshire que había conseguido a veces curaciones tras
fracasar los clínicos más experimentados. Me enteré también de que los efectos
que producía eran fuertes vómitos y diarreas, mientras que la acción diurética
parecía no haber sido tenida en cuenta. El remedio se componía de veinte o más
hierbas diferentes, pero no resultaba difícil para cualquiera familiarizado con
estas materias descubrir que la planta activa no podía ser otra que la digital…
Si se
administra la digital a dosis muy elevadas y repetidas produce malestar,
vómitos, diarreas, vértigos, visión confusa, apareciendo los objetos verdes y
amarillos. La excreción urinaria está aumentada, con necesidad frecuente de
expulsarla y, en ocasiones, incapacidad para retenerla. El pulso es lento,
incluso de 35 pulsaciones por minuto. Aparecen, por último, sudoraciones frías,
convulsiones, síncope y muerte.
Si se
administra de forma más moderada, produce la mayor parte de estos efectos con
menor intensidad. Es curioso observar que con una determinada dosis de
medicamento las alteraciones no aparecen hasta muchas horas después de su
administración y que la excreción
urinaria aparece en ocasiones al mismo tiempo que las alteraciones y con más frecuencia
varios días después, siendo a menudo interrumpida por ellas. La enfermedad así
producida es muy diferente de la ocasionada por cualquier otro medicamento. Es
especialmente penosa para el paciente, cesa y vuelve a aparecer tan violenta
como antes, prosiguiendo durante tres o cuatro días sus reapariciones a
intervalos cada vez más distantes. Estas alteraciones, sin embargo, no son
todas necesarias. Son el resultado de nuestra inexperiencia y, en mayor o menor
grado, se presentan en circunstancias parecidas al administrar casi todos los medicamentos
activos y poderosos.
Quizás
el lector entienda mejor la forma en la que debe ser administrado con un
resumen de mis propios progresos que con preceptos terminantes que dejen sin
aclarar su procedencia.
Al
principio creí necesario producir y mantener las alteraciones para asegurar los
efectos diuréticos.
Muy
pronto me di cuenta de que una vez aparecidas las nauseas no era necesario
reiterar el medicamento, ya que volvían a aparecer a intervalos más o menos
grandes. En consecuencia, decidí que mis enfermos lo tomaran hasta que se
presentaran las nauseas, suspendiéndole entonces.
No
obstante, comprobé que los efectos diuréticos podían aparecer antes y que a
veces se interrumpían cuando sobrevenía el malestar o la diarrea. La pauta a
seguir fue ampliada, por lo tanto, en la siguiente forma: continuar la
medicación hasta que aparezca la excreción urinaria, el malestar o la diarrea.
Durante
dos o tres años me consideré satisfecho con estas normas, pero de tarde en
tarde tuve algunos casos en los que el pulso se enlentecía en grado alarmante,
sin ningún otro efecto previo. Ello exigió que en las normas prestara atención
al estado del pulso, que se debía, más que a repetir las dosis con demasiada frecuencia, a no dejar tiempo
suficiente para que cada una de ellas produjera efecto, lo que conducía a
administrar una cantidad nociva de
medicamento antes de que aparecieran los signos fijados para su suspensión”*.
La
digital fue el medicamento más importante introducido durante el siglo XVIII en
la práctica médica. Como puede leerse al inicio del texto, William Withering, conocido como el "Linneo inglés" por
sus contribuciones a la botánica, empezó sus investigaciones a partir de un remedio popular. Identificó
que el componente activo era la dedalera o digitalis
purpurea (figura 2). En su experiencia clínica acumulada, Withering descubrió que la digital no era eficaz en todo los
tipos de hidropesías o enfermedades que cursaban con edemas o retención de
líquidos. Sin embargo, observó que la digital actuaba básicamente en el corazón
e identificó los síntomas de la intoxicación digitálica.
Nota: Para los lectores de Canarias
queremos recordar que en las islas existen tres tipos de plantas del genero Digitalis (isoplexis canariensis, isabelliana y chalcantha) en las que los
investigadores del “Instituto Universitario de Bio-Orgánica Antonio González”
han obtenido varios glucósidos cardioactivos (García Nieto V. El Instituto de Fisiología y
Patología Regionales de Tenerife hace 50 años (1.958). ¿Hay digital en Canarias?
Acta Médica 2008; nº 160:11-13). Withering estuvo
dos veces en Portugal a donde viajó con la ilusión de mejorar los síntomas de
la enfermedad tuberculosa que padecía. Dado su buen clima, las islas Madeira
fueron un lugar acreditado de recepción de los
pacientes europeos que buscaban la mejoría clínica de determinadas enfermedades
crónicas, sobre todo respiratorias. Más tarde, acudirían a Canarias con el
mismo objetivo. Si Withering estuvo en Madeira, hubiera
podido observar la planta digital propia de la isla, la isoplexis
sceptrum.
* An
account of the foxglove, and some of its medical uses, with practical remarks
on dropsy and other diseases. Birminghan, G.G.J. and J. Robinson, 1785. Traducción al
castellano por J. M. López Piñero
Victor M. García Nieto es Doctor en Medicina y especialista en Pediatría, responsable de la Unidad de Nefrología Pediátrica del Hospital Universitario Nuestra Señora de Candelaria. Es autor de 140 artículos, de 23 capítulos en libros científicos, de 71 artículos y capítulos de libros sobre temas relacionados con la historia de la medicina. Es autor de cuatro libros de historia de la medicina [La obra pediátrica de Diego Guigou y Costa (1991), Cámaras celíacas y patocativismo o la historia de la enfermedad celíaca en España (1995), El barco de la viruela. La escala de Balmis en Tenerife (2004), Páginas médicas canarias de ayer (2007)] y coeditor de cinco libros relacionados con la historia de la medicina
En la actualidad, es Presidente de la Asociación Española de Nefrología Pediátrica, Coordinador del Grupo de Historia de la Pediatría de la Asociación Española de Pediatría y Director de la revista Canarias Pediátrica. Colaborador habitual de la revista Acta Médica de Tenerife, en la que escribe artículos sobre Historia de la Medicina.
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