sábado, 26 de enero de 2013

Un “índice de Charlson” para la historia clínica electrónica

El Charlson Comorbidity Index es un sistema de evaluación que proporciona una probabilidad de muerte en base a las co-morbilidades (enfermedades que co-existen con la enfermedad aguda principal) del paciente. Además de la edad, consta de 19 items, que si están presentes, se ha comprobado que influyen de una forma concreta en la esperanza de vida del mismo.

En la teoría de los sistemas de información en el sector sanitario existe una serie de premisas cuya consideración podría garantizar el éxito de la implantación de la historia clínica electrónica (HCE) en organizaciones sanitarias. Contando con ellas, podríamos incluso desarrollar un “índice de Charlson” que evaluase la probabilidad de “muerte” o "supervivencia" de la HCE en su primer año de implatación en base a los siguientes ítems:

1.- Una selección adecuada de la empresa proveedora y de su producto incluyendo su mantenimiento y soporte.
2.- Cuánto de involucrados están los componentes del equipo directivo y de los miembros clave del hospital como impulsores del proyecto y de la gestión del cambio.
3.-  Un dimensionamiento adecuado del hardware necesario.
4.- Tiempo invertido en el periodo de pruebas.
 5.- Si posee de un plan de contingencia que minimice los efectos colaterales.
6.- Cuánto se ha invertido en la gestión del cambio para conseguir una buena involucración de todo el personal y minimizar la resistencia del cambio: Divulgación y comunicación del proyecto, formación y soporte post-implantación.
 7.- Un formación de calidad para lo usuarios  y coordinada con la fecha de implantación. Y finalmente,
8.- Grado de cumplimiento de la planificación.


Este índice teórico no está sometido a ninguna regresión logística lineal o binaria, ni tiene significación estadística ni por Fisher ni por Kruskal-Wallis, pero tan solo con una autoevaluación podría establecerse un pronóstico más o menos acertado sobre el futuro inmediato de un proyecto tan complicado como el de implantación de HCE. 

Pedro Guerra, Quisiera saber

Fuente: Experto Universitario Diseño y Gestión de los Servicios de Información en el Sector Sanitario. Universitat Oberta de Catalunya

domingo, 20 de enero de 2013

Enviar

El correo electrónico se ha convertido en un elemento esencial en la vida de las personas y también de las organizaciones sanitarias mediante el cual se ponen en común experiencias y vivencias. También se realizan acciones conjuntas como generar acuerdos, compromisos y se participa en el proyecto común de la organización. Es en la comunicación interna donde está llamado a jugar un papel fundamental.
  
El post de este blog “El correo electrónico en la comunicación interna de las organizaciones sanitarias” es el documento más descargado hasta el momento en el apartado de “Proceso médico-administrativo y de información del paciente” de la librería virtual de gestión sanitaria “Bazar” de la Fundación Signo.

La librería virtual de gestión sanitaria “Bazar” es un espacio virtual de intercambio de documentación sanitaria de todo tipo, desde planes estratégicos hasta órdenes de mantenimiento pasando por protocolos clínicos... La posibilidad de consultar otros trabajos es un elemento facilitador para seleccionar referentes o desarrollar nuestros propios documentos.
 
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martes, 1 de enero de 2013

La historia de la medicina a través de sus personajes y sus textos (3) Gaspar Caldera de Heredia. La introducción de la quina en la farmacología europea. Por Víctor M. García Nieto


Las noticias iniciales sobre la quina en España corresponden a los años 30 del siglo XVII. La primera descripción acerca de su uso en el tratamiento de las fiebres intermitentes se debe al criollo peruano Antonio de Calancha (Crónica moralizada, 1638). A lo largo del Seiscientos, el comercio de la quina fue monopolizado por los jesuitas que contaban con un colegio en Lima y otro en El Callao, puerto donde embarcaban la corteza de la quina. La Compañía tuvo noticia de la quina a través del jesuita peruano, Alfonso Mexía, en 1632*. Poco después, los primeros médicos españoles confirmaron sus virtudes beneficiosas. Así, Juan de la Vega, al volver de Perú, la utilizó en Sevilla y Pedro Barba divulgó las cualidades del fármaco (Vera praxis ad curationem tertianam, 1642). Pasado el ecuador del siglo, tres médicos españoles elogiaron sus efectos beneficiosos en el tratamiento de la malaria. Fueron Gaspar Caldera de Heredia, el catedrático de Valladolid Gaspar Bravo de Sobremonte (1603-1683) y el profesor de Alcalá de Henares Pedro Miguel de Heredia (1579-1655)*. A la pluma del primero de estos tres corresponde el texto que hemos seleccionado.

Lámina del libro Flora peruviana et chilensis (Hipólito Ruiz y José Antonio Pavón) que representa la especie actualmente denominada cinchona hirsuta


“La observación, el conocimiento y el uso de esta corteza empezó entre nosotros, en esta provincia andaluza, hace veinte años... Esta planta, árbol y corteza, en la lengua de los indios se llama quarango. Se da en abundancia en la provincia de Quito, junto al mar, que es donde más fructifica y donde nace espontáneamente. Es un árbol alto, como la encina y el peral. Los indígenas lo utilizan para los usos corrientes de la vida, como para hacer casas y otros menesteres. Los polvos de esta corteza empezaron a utilizarse y a servir para remedio de los hombres, enseñados por los indios de aquella región, según esta verdadera historia.
En el último confín de la tierra, en esa provincia de Quito, junto al rio Amazonas, hay unos indios que espontáneamente o por un salario son llevados a una mina de oro, que se excava en las profundidades de aquella región... Entre los diversos vericuetos del camino, dichos indios se ven obligados a cruzar el río con el agua hasta el cuello y desde una orilla a otra avanzan casi nadando, de manera que la mayoría, al llegar a la orilla, helados y tiritando por el frío, se quejan entre sí de forma lamentable. Por ello, inmediatamente, para el alivio de los temblores y del frío, toman corteza de un árbol que conocen, reducida a polvo, tras triturarla y desmenuzarla, y disuelta en agua caliente. Al instante notan que el frío y los temblores se calman por completo, de modo que pueden terminar el camino emprendido sin ninguna molestia. Al ver esto, los padres de la Compañía de Jesús asignados para el adoctrinamiento y educación cristiana de dichos indios, les preguntaron de qué árbol tomaban la citada corteza para el alivio de los temblores y del frio. Obedeciendo a su petición, les enseñaron con gusto el árbol y les ofrecieron la corteza como un humilde obsequio, mientras decían: quarango… A continuación los padres jesuitas hicieron un razonamiento analógico y empezaron a probar si dichos polvos, igual que eran útiles para el frio y los temblores debidos al mal tiempo y a las aguas, lo eran también para los escalofríos de las fiebres intermitentes cuartanas y tercianas. Hecha la prueba en unos pocos, encontraron casi la misma forma de curar en estos escalofríos y en aquellos… Cuando algunos de ellos llegaron a Lima desde la provincia de Quito, dieron a conocer el remedio y llevaron la corteza a un boticario llamado Gabriel de España, depositando gran cantidad de corteza en su botica (que está junto al puente)… Mientras se extendía el uso de estos polvos febrífugos (pues así eran llamados) por toda la provincia del Perú, volvió a España el Doctor Juan de la Vega, médico del virrey, conde de Chinchón, quien trajo consigo gran cantidad de polvo y de corteza… Desde entonces su uso empezó a tomar fuerza en España entre la mayoría de los médicos, no solo por su opinión, sino también por la de los padres de la Compañía de Jesús que llegaron aquí desde aquella provincia… Sobre esta base algunos religiosos y médicos vulgares empezaron a administrar dichos polvos a muchos y variados enfermos, sobre todo en las fiebres prolongadas y crónicas, pero con método desordenado, según el azar los presentaba. Por ello se observaron diversos accidentes y trastornos… No dudo (es más, siempre he estado convencido) de que todos estos trastornos ocurrieron por invertir el orden de la administración de los polvos, por no estudiar previamente al enfermo y su constitución, así como por no adecuar el momento y el lugar a la clase de enfermedad”**.
El primer paciente conocido diagnosticado de malaria que fue tratado con quina fue doña Francisca de Rivera y Enríquez, esposa de Luis Jerónimo Fernández Cabrera Bobadilla, conde de Chinchón y virrey de Perú. En recuerdo de la condesa de Chinchón, Carl von Linneo (1707-1788) denominó al árbol de la quina con el nombre de cinchona. El mejor conocimiento botánico del árbol de la quina vendría en la segunda mitad del siglo XVIII tras las expediciones científicas favorecidas por el rey Carlos III como la encabezada por Hipólito Ruiz (1752-1816) y José Antonio Pavón (1754-1840) (Quinología o tratado del árbol de la quina, 1792; Flora peruviana et chilensis, 1798-1802) y la dirigida por José Celestino Mutis (1732-1808). Éste, en 1776 diferenció tres especies de distintas del género cinchona o chinchona (roja, amarilla y blanca). En su obra póstuma El arcano de la quina (1828) describió ya siete especies del árbol de la quina (lancifolia, cordifolia, oblongifolia, ovalifolia, longifolia, dissimifolia y parvifolia)*.
En 1816, el cirujano portugués Bernardo Gomes obtuvo unos cristales a los que llamó cinconio (cinconina) tratando el polvo de la corteza de la quina con alcohol y una solución acuosa de hidróxido de potasio. En 1820, los químicos franceses Pierre Joseph Pelletier (1788-1842) Joseph Bienaimé Caventou (1795–1877) (Figura 2) obtuvieron sulfato de quinina cristalizado a partir de la corteza de la quina amarilla. Pero esa, es ya otra historia. 

Figura 2. Sello postal emitido por el gobierno francés en homenaje a Pelletier y Caventou por el descubrimiento de la quinina

*Riera Palmero J. Quina y malaria en la España del siglo XVIII. Medicina e Historia nº 52, 1994. **De pulvere febrifugo Occidentalis Indiae (1661). Ed. en: Tribunalis medici illustrationes et observationes practicae, Antverpiae, J. Meursius, 1663. Trad. cast. por F. Calero en: J. M. López Piñero y F. Calero, «De pulvere febrifugo Occidentalis lndiae» (1663), de Gaspar Caldera de Heredia y la introducción de la quina en Europa, Valencia, Instituto de Estudios Documentales e Históricos sobre la Ciencia, 1992

Victor  M. García Nieto es Doctor en Medicina y especialista en Pediatría, responsable de la Unidad de Nefrología Pediátrica del Hospital Universitario Nuestra Señora de Candelaria. Es autor de 140 artículos, de 23 capítulos en libros científicos, de 71 artículos y capítulos de libros sobre temas relacionados con la historia de la medicina. Es autor de cuatro libros de historia de la medicina [La obra pediátrica de Diego Guigou y Costa (1991), Cámaras celíacas y patocativismo o la historia de la enfermedad celíaca en España (1995), El barco de la viruela. La escala de Balmis en Tenerife (2004), Páginas médicas canarias de ayer (2007)] y coeditor de cinco libros relacionados con la historia de la medicina
En la actualidad, es Presidente de la Asociación Española de Nefrología Pediátrica, Coordinador del Grupo de Historia de la Pediatría de la Asociación Española de Pediatría y Director de la revista Canarias Pediátrica. Colaborador habitual de la revista Acta Médica de Tenerife, en la que escribe artículos sobre Historia de la Medicina.

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