miércoles, 14 de noviembre de 2012

La historia de la medicina a través de sus personajes y sus textos (2) Gaspar Casal (1680 - 1759) . Por Víctor García Nieto


Victor  M. García Nieto es Doctor en Medicina y especialista en Pediatría, responsable de la Unidad de Nefrología Pediátrica del Hospital Universitario Nuestra Señora de Candelaria. Es autor de 140 artículos, de 23 capítulos en libros científicos, de 71 artículos y capítulos de libros sobre temas relacionados con la historia de la medicina. Es autor de cuatro libros de historia de la medicina [La obra pediátrica de Diego Guigou y Costa (1991), Cámaras celíacas y patocativismo o la historia de la enfermedad celíaca en España (1995), El barco de la viruela. La escala de Balmis en Tenerife (2004), Páginas médicas canarias de ayer (2007)] y coeditor de cinco libros relacionados con la historia de la medicina
En la actualidad, es Presidente de la Asociación Española de Nefrología Pediátrica, Coordinador del Grupo de Historia de la Pediatría de la Asociación Española de Pediatría y Director de la revista Canarias Pediátrica. Colaborador habitual de la revista Acta Médica de Tenerife, en la que escribe artículos sobre Historia de la Medicina.


Influido por el pensamiento de Francis Bacon y la obra médica de Sydenham, el gerundense Gaspar Casal fue el más destacado seguidor, en la medicina española del de la primera mitad del siglo XVIII, del empirismo racional, es decir, de la eficacia de la observación clínica unida a los saberes básicos del momento tales como la anatomía, la fisiología y la descripción histórico natural del ambiente. Casal realizó valiosos estudios sobre el bocio endémico, la sarna, la viruela y el asma. No obstante, su principal aportación fue la primera descripción, en 1735, del mal de la rosa o pelagra (Historia Natural y Médica del Principado de Asturias). El autor  atribuyó “el mal de la rosa a la actuación sinérgica, sobre los labradores asturianos, de la calidad de los alimentos y las peculiares condiciones atmosféricas del Principado”. Según García Guerra y Álvarez Antuña, en la Nosología methodica de Sauvages, apareció, ya en 1760, una nueva especie morbosa que se denominó Lepra Asturiensis*. La enfermedad se conoció, posteriormente, por la triada clínica de las tres “D”, dermatitis, diarrea y demencia. La descripción que aparece más abajo, siguiendo las palabras de Casal, corresponde a la de la dermatitis:

“Aunque los síntomas de esta enfermedad sean diversos y suficientemente terribles, como se verá de lo que diremos más arriba, ello no obstante, su nombre vulgar proviene tan sólo de uno de ellos, y este síntoma consiste en una espantosa costra que, si recién salida no produce en la parte afectada más que rojez y aspereza, a la larga degenera en forma de costra muy seca, escabrosa, negruzca, entrecortada por frecuentes y profundas fisuras que, penetrando hasta la carne viva, producen gran dolor, quemazón y molestia”.



“Esta maligna costra, para llamarse mal de la rosa, debe estar adherida precisamente al metacarpo o metatarso, de las manos o de los pies, de modo que ninguna afección, de  cualquier género, figura o condición que sea, se le puede dar en esta región tal nombre, si estas costras no se producen en las partes designadas. Por tanto, aunque se engendren en las plantas de los pies, las palmas de las manos, los codos, los brazos, la cabeza, la cara, el vientre, los muslos, o las piernas; y aunque tenga el color rojo, las asperezas, las costra y la erisipela (que también llaman rosa) y aunque a éstos se añaden todos los demás síntomas que distinguen el mal de la rosa, de ninguna manera se podrían denominar así, si las expresadas costras no se presentan en el metacarpo, o en el metatarso”.

“En el estío suelen desprenderse las costras, acaso con la  humedad y el sudor, y entonces queda la parte perfectamente limpia de toda postilla y costra; pero en el lugar que había ocupado sigue el estigma rojo, exquisitamente fino y resplandeciente, como las cicatrices que suelen quedar después de curada una quemadura; de suerte que aunque las partes restantes del metacarpo y metatarso tengan una piel delgada, rugosa y velluda, como sucede generalmente a los viejos, aquella parte que ocupaba la costra aparece suave, lampiña y sin arrugas, pero menos floja, o más deprimida que el resto del cutis. Es verosímil que el nombre rosa traiga su origen del color y brillo de la cicatriz. Estos estigmas persisten toda la vida en aquellos que interiormente están contaminados de esta enfermedad”.

“En algunos enfermos, no en todos, existe otra señal visible de este mal; y es una aspereza costrosa de color ceniciento oscuro en la parte anterior e inferior del cuello que, a manera de collar, se extiende desde un lado a otro de la cerviz sobre las clavículas del pecho y el manubrio del hueso esternón… Jamás he visto en hombre alguno, ni sano ni enfermo, esta señal, excepto en aquellos que padecen del mal de la rosa; por lo cual creo, aunque no todos piensen lo mismo, que solo conviene a los que sufren aquella dolencia” (collar de Casal)*.

Según Grande Covián, la aparición de la pelagra en Europa ocurrió en estrecha asociación con la llegada del maíz procedente de América, la extensión de su cultivo y su transformación en el principal alimento de los grupos de población económicamente menos favorecidos. No obstante, la pelagra se presenta en poblaciones que consumen habitualmente dietas inadecuadas, como ocurrió en Madrid durante la guerra civil española. La identificación de la niacina como vitamina antipelagrosa por los bioquímicos Conrad A. Elvehjem (1901-1962) y CJ Koehn (Further studies on the concentration of the antipellagra factor. Journal of Biological Chemistry 1937; 118:693-699) y la posterior demostración de la capacidad del organismo humano para sintetizarla a partir de un aminoácido esencial, el triptófano, permitió comprender que la pelagra puedes ser producida por el consumo de diversas dietas inadecuadas, aunque no contengan maíz. La transformación del triptófano en niacina requiere, además, de la presencia de vitamina B6.

* Delfín García Guerra, Víctor Álvarez Antuña. Lepra Asturienses. La contribución asturiana en la historia de la pelagra (siglos XVIII-XIX). Universidad de Oviedo. Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Madrid, 1993. 

lunes, 8 de octubre de 2012

La historia de la medicina a través de sus personajes y sus textos. Antony van Leeuwenhoek (1632-1723). Por Víctor M. García Nieto


Victor  M. García Nieto es Doctor en Medicina y especialista en Pediatría, responsable de la Unidad de Nefrología Pediátrica del Hospital Universitario Nuestra Señora de Candelaria. Es autor de 140 artículos, de 23 capítulos en libros científicos, de 71 artículos y capítulos de libros sobre temas relacionados con la historia de la medicina. Es autor de cuatro libros de historia de la medicina [La obra pediátrica de Diego Guigou y Costa (1991), Cámaras celíacas y patocativismo o la historia de la enfermedad celíaca en España (1995), El barco de la viruela. La escala de Balmis en Tenerife (2004), Páginas médicas canarias de ayer (2007)] y coeditor de cinco libros relacionados con la historia de la medicina
En la actualidad, es Presidente de la Asociación Española de Nefrología Pediátrica, Coordinador del Grupo de Historia de la Pediatría de la Asociación Española de Pediatría y Director de la revista Canarias Pediátrica. Colaborador habitual de la revista Acta Médica de Tenerife, en la que escribe artículos sobre Historia de la Medicina.


Antony van Leeuwenhoek no era médico, pero hizo por el avance de la medicina más que muchos de los médicos que vivieron en su época. Tenía, no obstante, la primera cualidad que debe tener un investigador, la curiosidad. Era tendero, tenía un comercio de telas, pero era un tendero curioso. Con la ayuda de unas lentes que aprendió a tallar y a perfeccionar, se extasió con la visión de lo diminuto, de lo microscópico. Y confirmó que existía la vida más allá del límite alcanzable por nuestra visión. El texto que reproducimos, expresa la admiración del autor por la visión de la flora saprofita que habitaba en el sarro de sus dientes a pesar de practicar una higiene dental muy loable, ya que se trataba de una práctica poco habitual en su época. La Royal Society de Londres dio el ejemplo de publicar sus observaciones (Philosophical Transactions of the Royal Society),  a pesar de que no era médico.     
Leeuwenhoek. Cortesía de Victor  M. García Nieto

“Le envié hace algún tiempo mis observaciones acerca de los esputos, que he visto después impresas en las Lectures and Collections publicadas por Robert Hooke, secretario de la Royal Society, el año 1678. Desde entonces he realizado nuevas indagaciones en mis esputos, con la idea de que si existen animalillos en el cuerpo acabarán por aparecer tarde o temprano en los conductos salivares. No obstante, en las observaciones que he practicado con tal fin, no he podido descubrir animalillos en ellos, ni añadir nada nuevo a lo que ya tengo escrito.

Por la mañana acostumbro a frotarme los dientes con sal y a enjuagarme después la boca con agua. A menudo, después de comer, me limpio los molares con un mondadientes y me los froto enérgicamente con un trozo de tela. Por ello mis incisivos y mis molares están limpios y blancos, mientras que los ha perdido la mayor parte de las personas de mi edad (cincuenta y un años), y mis encías nunca sangran a pesar de lo fuerte que es la sal con que me las froto. No obstante, mis dientes no están tan limpios que no encuentre introducida entre algunos de ellos, siempre que los miro con una lente de aumento, un poco de materia blanca, tan espesa como si fuera pasta. Al examinarla, pensé, aunque no podía ver nada que se moviera, que quizá contenía animalillos vivos. La mezclé, por lo tanto, en diversas ocasiones con agua limpia de lluvia que no tenía animalillos, y también con mis propios esputos, después de haber eliminado las burbujas de aire para evitar que produjeran cualquier movimiento en ellos. Observé entonces casi siempre, con gran asombro, que en la citada materia existían numerosos animalillos vivos dotados de movimientos muy bonitos”*.

* Arcana Naturae Detecta, Delphis Batavorum, 1695. Traducción al castellano de J. M. López Piñero

lunes, 3 de septiembre de 2012

Fisiopatología de la “reunitis”


Existe un trastorno que no está descrito en los tratados de patología ni su tratamiento se explica en los manuales de terapéutica clínica. Se trata de un ente indeterminado que afecta al sistema nervioso central de las organizaciones en general y a las organizaciones sanitarias en particular.

Víctor Valencia la define como el interés excesivo y compulsivo que se manifiesta en una propensión desaforada por las reuniones con el equipo.

Sus síntomas aparecen, como explica Santiago Álvarez de Mon, cuando las reuniones aumentan su frecuencia de forma exponencial, incrementando así la “prima de riesgo” para el enconamiento de las relaciones, la alimentación de los egos y  la dilapidación del tiempo.

Sus síntomas al comienzo son larvados, a veces imperceptibles, pero cuando se hacen manifiestos es porque probablemente el objetivo de la organización o grupo no esté claro, de forma que después de las reuniones estamos en el mejor de los casos  igual que como empezamos.


El hacer reuniones improductivas es una provocación al motín de la tripulación. 
Imagen propiedad de Salvador Núñez

Para prevenir la reunitis Luis Puchol Moreno recomienda convocar las reuniones que sean necesarias (cuyos temas afecten al equipo u organización, que sean importantes, que requieran la opinión o la creatividad del grupo y que merezcan el coste y el esfuerzo de convocarla) y evitar las que no lo sean y aplicar las reglas elementales para convocar, dirigir, conducir e implementar los acuerdos de la reunión.

Finalmente recordar que “sin reuniones prudentemente planificadas en el tiempo es difícil que se consolide una cultura sana, que la inteligencia colectiva tenga una oportunidad de expresarse y consolidarse”