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miércoles, 3 de julio de 2013

La historia de la medicina a través de sus personajes y sus textos (6). Louis Pasteur (1822-1895). La vacunación antirrábica. Por Víctor M García Nieto

Louis Pasteur es reconocido por sus notables contribuciones en el campo de la salud humana. Pasteur no fue médico sino químico, si bien, fue un químico interesado por muchos temas diversos, incluidos las transformaciones de los compuestos que acaecen en los seres vivos. Su quehacer evolucionó desde las investigaciones puramente químicas (actividad óptica de los compuestos químicos y disimetría molecular), a los fenómenos químicos que suceden mediante la participación de los seres vivos (las fermentaciones del vinagre, el vino y la cerveza), pasando luego a las enfermedades animales (enfermedad de los gusanos de seda o pebrina, carbunco, cólera aviar) y culminado con la prevención y tratamiento de las enfermedades infecciosas humanas (pasteurización, vacunación antirrábica). Esto último fue posible gracias al descubrimiento del modo de atenuar la virulencia de un cultivo de gérmenes y la posibilidad de utilizar luego sus propiedades inmunizadoras. Reproducimos, a continuación, un  extracto del texto en el que relata sus experiencias con la vacunación antirrábica.     
“Después de efectuar innumerables experiencias, he descubierto un método profiláctico práctico y rápido que me ha proporcionado ya en los perros resultados lo bastante numerosos  y seguros para confiar por completo en su aplicación general a todos los animales e incluso al mismo hombre. Este método de basa fundamentalmente en los hechos siguientes:
La inoculación bajo la duramadre, por trepanación, de médula infectada de un perro con rabia de la calle produce siempre esta enfermedad en los conejos tras un periodo medio de incubación de unos quince días.
Si con el citado procedimiento de inoculación, se pasa el virus del primer conejo a un segundo, de éste a un tercero, y así sucesivamente, aparece en seguida una tendencia cada vez  más acusada a que el periodo de incubación de la rabia sea cada vez más corto en los sucesivos conejos.
Después de veinte o veinticinco pases de conejo a conejo, se consiguen períodos de incubación de ocho días, que se mantienen durante veinte o veinticinco pases…
Las médulas espinales de esos conejos contienen, en toda su extensión, un virus rábico de un grado de virulencia constante. Si se extraen porciones de las mismas de unos pocos centímetros de longitud, con todas las preocupaciones posibles para conservar su pureza, y se suspenden en aire seco, la virulencia desaparece por completo hasta extinguirse por completo. El tiempo en el que esta extinción de la virulencia se realiza, varía un poco de acuerdo con el espesor de los fragmentos medulares, pero sobre todo con la temperatura ambiente. Cuando más baja es esta última, más tiempo se mantiene la virulencia. Estos resultados constituyen el apoyo científico principal del método.
Establecidos estos hechos, puede conseguirse, en un tiempo relativamente corto, que un perro quede refractario a la rabia, de la forma siguiente:
Se suspenden cada día porciones de médula espinal fresca de un conejo muerto de rabia tras un período de inoculación de siete días, en una serie de frascos en los que el aire se mantiene seco mediante trozos de potasa colocados en el fondo. Asimismo, se inocula diariamente, bajo la piel del perro, una jeringa de Pravaz llena de caldo esterilizado en el que se ha desleído un pequeño fragmento de una de las médulas desecadas, comenzando por una lo suficientemente alejada del día de la operación para tener seguridad de que carece de virulencia… Durante los días siguientes se repite la misma operación con médulas más recientes, separadas cada una de ellas por un intervalo de dos días, hasta emplear finalmente una muy virulenta que ha estado solamente en el frasco durante dos días. El perro ha quedado entonces refractario a la rabia. Puede ser inoculado con virus rábico bajo la piel e incluso en la superficie del  cerebro, después de trepanarlo, sin que aparezca la enfermedad.
Con este método había conseguido tener cincuenta perros de todas las edades y razas refractarios a la rabia, sin un solo fracaso, cuando el lunes 6 de julio del presente año (1885) se presentaron inesperadamente en mi laboratorio  tres personas procedentes de Alsacia. Théodore Vone, tendero de Meissengott, localidad cercana a Sélestat, al que había mordido el 4 de julio su propio perro, que se había vuelto rabioso.
Joseph Meister, de nueve años, mordido también el  4 de julio a las ocho de la mañana por el mismo perro. Este niño había sido derribado por el perro y presentaba numerosas mordeduras en las manos, las piernas y los muslos, algunas tan profundas que incluso hacían difícil la deambulación. Las mordeduras principales habían sido cauterizadas, solamente doce horas después del accidente, con ácido fénico, el 4 de julio a las 8 de la tarde, por el doctor Weber, de Villé. La tercera persona, que no había sido mordida, era la madre del pequeño Joseph Meister.
Figura 1. Joseph Meister (1876-1940)
En la autopsia del perro, abatido por su dueño, se había encontrado el estómago lleno de heno, paja y de fragmentos de madera. El perro era muy rabioso. Joseph Meister había siso extraído de debajo del mismo cubierto de babas y de sangre...
La sesión semanal de la Academia de Ciencias tenía lugar, precisamente, el 6 de julio. Allí vi a nuestro compañero el Dr. Vulpian [farmacólogo], a quién relaté lo que acababa de pasarme. El Sr. Vulpián, así como el Dr. Grancher [pediatra], profesor de la Facultad de Medicina, tuvieron la amabilidad de venir a ver inmediatamente al pequeño Joseph Meister y de constatar el estado y número de sus heridas. No tenía menos de catorce.
El pronóstico de nuestro sabio colega y del Dr. Grancher fue que, por la intensidad y el número de sus mordeduras, Joseph Meister estaba expuesto casi fatalmente a adquirir la rabia. Comuniqué entonces a los señores Vulpian y Grancher los nuevos resultados que había obtenido en el estudio de la rabia desde la exposición que hice en Copenhague el año anterior.
La muerte de este niño parecía inevitable y me decidí no sin vivas y crueles inquietudes y de haberlo pensado como es debido, a intentar en Joseph Meister el método que constantemente me había dado buenos resultados en los perros…
En consecuencia, el 6 de julio, a las 8 de la tarde, sesenta horas después de las mordeduras del 4 de julio y en presencia de los doctores Vulpian y Grancher, se inoculó bajo un pliegue de piel del hipocondrio derecho del pequeño Meister, media jeringa de Pravaz de una médula de conejo muerto de rabia el 21 de junio y conservada desde entonces en un frasco de aire seco, es decir, desde hacía 15 días… Llevé así a 13 el número de inoculaciones y a 10 el de días de tratamiento… En los últimos días, pues, yo había inoculado a Joseph Meister el virus rábico más virulento, el del perro reforzado por una serie de pases de conejos a conejos, virus que provoca la rabia en estos animales después de siete días de incubación; después de ocho a diez días a los perros. Estaba autorizado en esta empresa por lo ocurrido en los cincuenta perros de los que he hablado”.*, **
Joseph Meister se recuperó y no contrajo la rabia. De adulto, permaneció  en el Instituto Pasteur trabajando como vigilante. En 1940, estando en su puesto, no pudo  evitar la entrada de los nazis en la cripta donde está enterrado el hombre que le salvó la vida. De vuelta  a su casa, se suicidó.
*Méthode pour prévenir la rage après morsure. Comptes rendus de l’Academie des Sciences 1885; 101:8765-774. Traducción al castellano por J.M. López Piñero. **Sáez Gómez JM. Un benefactor universal. Pasteur. Tres Cantos: Nivola 2004, pp. 152-155
Victor M. García Nieto es Doctor en Medicina y especialista en Pediatría, responsable de la Unidad de Nefrología Pediátrica del Hospital Universitario Nuestra Señora de Candelaria. Es autor de 140 artículos, de 23 capítulos en libros científicos, de 71 artículos y capítulos de libros sobre temas relacionados con la historia de la medicina. Es autor de cuatro libros de historia de la medicina [La obra pediátrica de Diego Guigou y Costa (1991), Cámaras celíacas y patocativismo o la historia de la enfermedad celíaca en España (1995), El barco de la viruela. La escala de Balmis en Tenerife (2004), Páginas médicas canarias de ayer (2007)] y coeditor de cinco libros relacionados con la historia de la medicina. En la actualidad, es Presidente de la Asociación Española de Nefrología Pediátrica, Coordinador del Grupo de Historia de la Pediatría de la Asociación Española de Pediatría y Director de la revista Canarias Pediátrica. Colaborador habitual de la revista Acta Médica de Tenerife, en la que escribe artículos sobre Historia de la Medicina.
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miércoles, 14 de noviembre de 2012

La historia de la medicina a través de sus personajes y sus textos (2) Gaspar Casal (1680 - 1759) . Por Víctor García Nieto


Victor  M. García Nieto es Doctor en Medicina y especialista en Pediatría, responsable de la Unidad de Nefrología Pediátrica del Hospital Universitario Nuestra Señora de Candelaria. Es autor de 140 artículos, de 23 capítulos en libros científicos, de 71 artículos y capítulos de libros sobre temas relacionados con la historia de la medicina. Es autor de cuatro libros de historia de la medicina [La obra pediátrica de Diego Guigou y Costa (1991), Cámaras celíacas y patocativismo o la historia de la enfermedad celíaca en España (1995), El barco de la viruela. La escala de Balmis en Tenerife (2004), Páginas médicas canarias de ayer (2007)] y coeditor de cinco libros relacionados con la historia de la medicina
En la actualidad, es Presidente de la Asociación Española de Nefrología Pediátrica, Coordinador del Grupo de Historia de la Pediatría de la Asociación Española de Pediatría y Director de la revista Canarias Pediátrica. Colaborador habitual de la revista Acta Médica de Tenerife, en la que escribe artículos sobre Historia de la Medicina.


Influido por el pensamiento de Francis Bacon y la obra médica de Sydenham, el gerundense Gaspar Casal fue el más destacado seguidor, en la medicina española del de la primera mitad del siglo XVIII, del empirismo racional, es decir, de la eficacia de la observación clínica unida a los saberes básicos del momento tales como la anatomía, la fisiología y la descripción histórico natural del ambiente. Casal realizó valiosos estudios sobre el bocio endémico, la sarna, la viruela y el asma. No obstante, su principal aportación fue la primera descripción, en 1735, del mal de la rosa o pelagra (Historia Natural y Médica del Principado de Asturias). El autor  atribuyó “el mal de la rosa a la actuación sinérgica, sobre los labradores asturianos, de la calidad de los alimentos y las peculiares condiciones atmosféricas del Principado”. Según García Guerra y Álvarez Antuña, en la Nosología methodica de Sauvages, apareció, ya en 1760, una nueva especie morbosa que se denominó Lepra Asturiensis*. La enfermedad se conoció, posteriormente, por la triada clínica de las tres “D”, dermatitis, diarrea y demencia. La descripción que aparece más abajo, siguiendo las palabras de Casal, corresponde a la de la dermatitis:

“Aunque los síntomas de esta enfermedad sean diversos y suficientemente terribles, como se verá de lo que diremos más arriba, ello no obstante, su nombre vulgar proviene tan sólo de uno de ellos, y este síntoma consiste en una espantosa costra que, si recién salida no produce en la parte afectada más que rojez y aspereza, a la larga degenera en forma de costra muy seca, escabrosa, negruzca, entrecortada por frecuentes y profundas fisuras que, penetrando hasta la carne viva, producen gran dolor, quemazón y molestia”.



“Esta maligna costra, para llamarse mal de la rosa, debe estar adherida precisamente al metacarpo o metatarso, de las manos o de los pies, de modo que ninguna afección, de  cualquier género, figura o condición que sea, se le puede dar en esta región tal nombre, si estas costras no se producen en las partes designadas. Por tanto, aunque se engendren en las plantas de los pies, las palmas de las manos, los codos, los brazos, la cabeza, la cara, el vientre, los muslos, o las piernas; y aunque tenga el color rojo, las asperezas, las costra y la erisipela (que también llaman rosa) y aunque a éstos se añaden todos los demás síntomas que distinguen el mal de la rosa, de ninguna manera se podrían denominar así, si las expresadas costras no se presentan en el metacarpo, o en el metatarso”.

“En el estío suelen desprenderse las costras, acaso con la  humedad y el sudor, y entonces queda la parte perfectamente limpia de toda postilla y costra; pero en el lugar que había ocupado sigue el estigma rojo, exquisitamente fino y resplandeciente, como las cicatrices que suelen quedar después de curada una quemadura; de suerte que aunque las partes restantes del metacarpo y metatarso tengan una piel delgada, rugosa y velluda, como sucede generalmente a los viejos, aquella parte que ocupaba la costra aparece suave, lampiña y sin arrugas, pero menos floja, o más deprimida que el resto del cutis. Es verosímil que el nombre rosa traiga su origen del color y brillo de la cicatriz. Estos estigmas persisten toda la vida en aquellos que interiormente están contaminados de esta enfermedad”.

“En algunos enfermos, no en todos, existe otra señal visible de este mal; y es una aspereza costrosa de color ceniciento oscuro en la parte anterior e inferior del cuello que, a manera de collar, se extiende desde un lado a otro de la cerviz sobre las clavículas del pecho y el manubrio del hueso esternón… Jamás he visto en hombre alguno, ni sano ni enfermo, esta señal, excepto en aquellos que padecen del mal de la rosa; por lo cual creo, aunque no todos piensen lo mismo, que solo conviene a los que sufren aquella dolencia” (collar de Casal)*.

Según Grande Covián, la aparición de la pelagra en Europa ocurrió en estrecha asociación con la llegada del maíz procedente de América, la extensión de su cultivo y su transformación en el principal alimento de los grupos de población económicamente menos favorecidos. No obstante, la pelagra se presenta en poblaciones que consumen habitualmente dietas inadecuadas, como ocurrió en Madrid durante la guerra civil española. La identificación de la niacina como vitamina antipelagrosa por los bioquímicos Conrad A. Elvehjem (1901-1962) y CJ Koehn (Further studies on the concentration of the antipellagra factor. Journal of Biological Chemistry 1937; 118:693-699) y la posterior demostración de la capacidad del organismo humano para sintetizarla a partir de un aminoácido esencial, el triptófano, permitió comprender que la pelagra puedes ser producida por el consumo de diversas dietas inadecuadas, aunque no contengan maíz. La transformación del triptófano en niacina requiere, además, de la presencia de vitamina B6.

* Delfín García Guerra, Víctor Álvarez Antuña. Lepra Asturienses. La contribución asturiana en la historia de la pelagra (siglos XVIII-XIX). Universidad de Oviedo. Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Madrid, 1993.