Victor M. García Nieto es Doctor en Medicina y especialista en Pediatría, responsable de la Unidad de Nefrología Pediátrica del Hospital Universitario Nuestra Señora de Candelaria. Es autor de 140 artículos, de 23 capítulos en libros científicos, de 71 artículos y capítulos de libros sobre temas relacionados con la historia de la medicina. Es autor de cuatro libros de historia de la medicina [La obra pediátrica de Diego Guigou y Costa (1991), Cámaras celíacas y patocativismo o la historia de la enfermedad celíaca en España (1995), El barco de la viruela. La escala de Balmis en Tenerife (2004), Páginas médicas canarias de ayer (2007)] y coeditor de cinco libros relacionados con la historia de la medicina
En la actualidad, es Presidente de la Asociación Española de Nefrología Pediátrica, Coordinador del Grupo de Historia de la Pediatría de la Asociación Española de Pediatría y Director de la revista Canarias Pediátrica. Colaborador habitual de la revista Acta Médica de Tenerife, en la que escribe artículos sobre Historia de la Medicina.
Influido por el
pensamiento de Francis Bacon y la obra médica de Sydenham, el gerundense Gaspar
Casal fue el más destacado seguidor, en la medicina española del de la primera
mitad del siglo XVIII, del empirismo racional, es decir, de la eficacia de la
observación clínica unida a los saberes básicos del momento tales como la
anatomía, la fisiología y la descripción histórico natural del ambiente. Casal
realizó valiosos estudios sobre el bocio endémico, la sarna, la viruela y el
asma. No obstante, su principal aportación fue la primera descripción, en 1735,
del mal de la rosa o pelagra (Historia Natural y Médica del Principado de
Asturias). El autor atribuyó “el mal de la rosa a la actuación sinérgica,
sobre los labradores asturianos, de la calidad de los alimentos y las
peculiares condiciones atmosféricas del Principado”. Según García Guerra y
Álvarez Antuña, en la Nosología methodica
de Sauvages, apareció, ya en 1760, una nueva especie morbosa que se
denominó Lepra Asturiensis*. La
enfermedad se conoció, posteriormente, por la triada clínica de las tres “D”,
dermatitis, diarrea y demencia. La descripción que aparece más abajo, siguiendo
las palabras de Casal, corresponde a la de la dermatitis:
“Aunque los
síntomas de esta enfermedad sean diversos y suficientemente terribles, como se
verá de lo que diremos más arriba, ello no obstante, su nombre vulgar proviene
tan sólo de uno de ellos, y este síntoma consiste en una espantosa costra que,
si recién salida no produce en la parte afectada más que rojez y aspereza, a la
larga degenera en forma de costra muy seca, escabrosa, negruzca, entrecortada
por frecuentes y profundas fisuras que, penetrando hasta la carne viva,
producen gran dolor, quemazón y molestia”.
“Esta maligna
costra, para llamarse mal de la rosa,
debe estar adherida precisamente al metacarpo o metatarso, de las manos o de
los pies, de modo que ninguna afección, de
cualquier género, figura o condición que sea, se le puede dar en esta
región tal nombre, si estas costras no se producen en las partes designadas. Por
tanto, aunque se engendren en las plantas de los pies, las palmas de las manos,
los codos, los brazos, la cabeza, la cara, el vientre, los muslos, o las
piernas; y aunque tenga el color rojo, las asperezas, las costra y la erisipela
(que también llaman rosa) y aunque a éstos se añaden todos los demás síntomas
que distinguen el mal de la rosa, de
ninguna manera se podrían denominar así, si las expresadas costras no se
presentan en el metacarpo, o en el metatarso”.
“En el estío suelen
desprenderse las costras, acaso con la
humedad y el sudor, y entonces queda la parte perfectamente limpia de
toda postilla y costra; pero en el lugar que había ocupado sigue el estigma
rojo, exquisitamente fino y resplandeciente, como las cicatrices que suelen
quedar después de curada una quemadura; de suerte que aunque las partes
restantes del metacarpo y metatarso tengan una piel delgada, rugosa y velluda,
como sucede generalmente a los viejos, aquella parte que ocupaba la costra
aparece suave, lampiña y sin arrugas, pero menos floja, o más deprimida que el
resto del cutis. Es verosímil que el nombre rosa traiga su origen del color y
brillo de la cicatriz. Estos estigmas persisten toda la vida en aquellos que
interiormente están contaminados de esta enfermedad”.
“En algunos enfermos,
no en todos, existe otra señal visible de este mal; y es una aspereza costrosa
de color ceniciento oscuro en la parte anterior e inferior del cuello que, a
manera de collar, se extiende desde un lado a otro de la cerviz sobre las
clavículas del pecho y el manubrio del hueso esternón… Jamás he visto en hombre
alguno, ni sano ni enfermo, esta señal, excepto en aquellos que padecen del mal
de la rosa; por lo cual creo, aunque no todos piensen lo mismo, que solo
conviene a los que sufren aquella dolencia” (collar de Casal)*.
Según Grande
Covián, la aparición de la pelagra en Europa ocurrió en estrecha asociación con
la llegada del maíz procedente de América, la extensión de su cultivo y su
transformación en el principal alimento de los grupos de población
económicamente menos favorecidos. No obstante, la pelagra se presenta en
poblaciones que consumen habitualmente dietas inadecuadas, como ocurrió en
Madrid durante la guerra civil española. La identificación de la niacina como
vitamina antipelagrosa por los bioquímicos Conrad A. Elvehjem (1901-1962) y CJ
Koehn (Further studies on the concentration of the antipellagra factor. Journal
of Biological Chemistry 1937; 118:693-699) y la posterior demostración de la
capacidad del organismo humano para sintetizarla a partir de un aminoácido
esencial, el triptófano, permitió comprender que la pelagra puedes ser
producida por el consumo de diversas dietas inadecuadas, aunque no contengan
maíz. La transformación del triptófano en niacina requiere, además, de la presencia
de vitamina B6.
* Delfín García
Guerra, Víctor Álvarez Antuña. Lepra Asturienses. La contribución asturiana
en la historia de la pelagra (siglos XVIII-XIX). Universidad de Oviedo. Consejo
Superior de Investigaciones Científicas. Madrid, 1993.

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