Las noticias iniciales sobre la quina
en España corresponden a los años 30 del siglo XVII. La primera descripción
acerca de su uso en el tratamiento de las fiebres intermitentes se debe al
criollo peruano Antonio de Calancha (Crónica
moralizada, 1638). A lo largo del Seiscientos, el comercio de la quina fue
monopolizado por los jesuitas que contaban con un colegio en Lima y otro en El
Callao, puerto donde embarcaban la corteza de la quina. La Compañía tuvo
noticia de la quina a través del jesuita peruano, Alfonso Mexía, en 1632*. Poco
después, los primeros médicos españoles confirmaron sus virtudes beneficiosas.
Así, Juan de la Vega, al volver de Perú, la utilizó en Sevilla y Pedro Barba
divulgó las cualidades del fármaco (Vera
praxis ad curationem tertianam,
1642). Pasado el ecuador del siglo, tres médicos españoles elogiaron sus
efectos beneficiosos en el tratamiento de la malaria. Fueron Gaspar Caldera de
Heredia, el catedrático de Valladolid Gaspar Bravo de Sobremonte (1603-1683) y
el profesor de Alcalá de Henares Pedro Miguel de Heredia (1579-1655)*. A la
pluma del primero de estos tres corresponde el texto que hemos seleccionado.
Lámina del libro Flora peruviana et chilensis (Hipólito Ruiz y José Antonio Pavón)
que representa la especie actualmente denominada cinchona hirsuta
“La observación, el conocimiento y el
uso de esta corteza empezó entre nosotros, en esta provincia andaluza, hace
veinte años... Esta planta, árbol y corteza, en la lengua de los indios se
llama quarango. Se da en abundancia
en la provincia de Quito, junto al mar, que es donde más fructifica y donde
nace espontáneamente. Es un árbol alto, como la encina y el peral. Los
indígenas lo utilizan para los usos corrientes de la vida, como para hacer
casas y otros menesteres. Los polvos de esta corteza empezaron a utilizarse y a
servir para remedio de los hombres, enseñados por los indios de aquella región,
según esta verdadera historia.
En el último confín de la tierra, en
esa provincia de Quito, junto al rio Amazonas, hay unos indios que
espontáneamente o por un salario son llevados a una mina de oro, que se excava
en las profundidades de aquella región... Entre los diversos vericuetos del
camino, dichos indios se ven obligados a cruzar el río con el agua hasta el
cuello y desde una orilla a otra avanzan casi nadando, de manera que la
mayoría, al llegar a la orilla, helados y tiritando por el frío, se quejan
entre sí de forma lamentable. Por ello, inmediatamente, para el alivio de los
temblores y del frío, toman corteza de un árbol que conocen, reducida a polvo,
tras triturarla y desmenuzarla, y disuelta en agua caliente. Al instante notan
que el frío y los temblores se calman por completo, de modo que pueden terminar
el camino emprendido sin ninguna molestia. Al ver esto, los padres de la
Compañía de Jesús asignados para el adoctrinamiento y educación cristiana de
dichos indios, les preguntaron de qué árbol tomaban la citada corteza para el
alivio de los temblores y del frio. Obedeciendo a su petición, les enseñaron
con gusto el árbol y les ofrecieron la corteza como un humilde obsequio,
mientras decían: quarango… A
continuación los padres jesuitas hicieron un razonamiento analógico y empezaron
a probar si dichos polvos, igual que eran útiles para el frio y los temblores
debidos al mal tiempo y a las aguas, lo eran también para los escalofríos de
las fiebres intermitentes cuartanas y tercianas. Hecha la prueba en unos pocos,
encontraron casi la misma forma de curar en estos escalofríos y en aquellos…
Cuando algunos de ellos llegaron a Lima desde la provincia de Quito, dieron a
conocer el remedio y llevaron la corteza a un boticario llamado Gabriel de
España, depositando gran cantidad de corteza en su botica (que está junto al
puente)… Mientras se extendía el uso de estos polvos febrífugos (pues así eran
llamados) por toda la provincia del Perú, volvió a España el Doctor Juan de la
Vega, médico del virrey, conde de Chinchón, quien trajo consigo gran cantidad
de polvo y de corteza… Desde entonces su uso empezó a tomar fuerza en España
entre la mayoría de los médicos, no solo por su opinión, sino también por la de
los padres de la Compañía de Jesús que llegaron aquí desde aquella provincia…
Sobre esta base algunos religiosos y médicos vulgares empezaron a administrar
dichos polvos a muchos y variados enfermos, sobre todo en las fiebres prolongadas
y crónicas, pero con método desordenado, según el azar los presentaba. Por ello
se observaron diversos accidentes y trastornos… No dudo (es más, siempre he
estado convencido) de que todos estos trastornos ocurrieron por invertir el
orden de la administración de los polvos, por no estudiar previamente al
enfermo y su constitución, así como por no adecuar el momento y el lugar a la
clase de enfermedad”**.
El primer paciente conocido
diagnosticado de malaria que fue tratado con quina fue doña Francisca de Rivera
y Enríquez, esposa de Luis Jerónimo Fernández Cabrera Bobadilla, conde de
Chinchón y virrey de Perú. En recuerdo de la condesa de Chinchón, Carl von
Linneo (1707-1788) denominó al árbol de la quina con el nombre de cinchona. El mejor conocimiento botánico
del árbol de la quina vendría en la segunda mitad del siglo XVIII tras las
expediciones científicas favorecidas por el rey Carlos III como la encabezada
por Hipólito Ruiz (1752-1816) y José Antonio Pavón (1754-1840) (Quinología o tratado del árbol de la quina,
1792; Flora peruviana et chilensis, 1798-1802) y la dirigida por José Celestino
Mutis (1732-1808). Éste, en 1776 diferenció tres especies de distintas del
género cinchona o chinchona (roja, amarilla y blanca). En
su obra póstuma El arcano de la quina
(1828) describió ya siete especies del árbol de la quina (lancifolia,
cordifolia, oblongifolia, ovalifolia, longifolia, dissimifolia y parvifolia)*.
En 1816, el cirujano portugués Bernardo Gomes obtuvo unos cristales a los que
llamó cinconio (cinconina) tratando el polvo de la corteza de la quina con alcohol
y una solución acuosa de hidróxido de potasio. En 1820, los químicos franceses Pierre Joseph Pelletier (1788-1842) Joseph Bienaimé Caventou (1795–1877) (Figura 2) obtuvieron sulfato de quinina
cristalizado a partir de la corteza de la quina amarilla. Pero esa, es ya otra
historia.
Figura 2. Sello postal emitido por el gobierno francés en
homenaje a Pelletier y Caventou por el descubrimiento de la quinina
*Riera Palmero J. Quina y malaria en
la España del siglo XVIII. Medicina e Historia nº 52, 1994. **De pulvere febrifugo Occidentalis Indiae
(1661). Ed. en: Tribunalis medici
illustrationes et observationes practicae, Antverpiae, J. Meursius, 1663.
Trad. cast. por F. Calero en: J. M. López Piñero y F. Calero, «De pulvere febrifugo Occidentalis lndiae»
(1663), de Gaspar Caldera de Heredia y la
introducción de la quina en Europa, Valencia, Instituto de Estudios
Documentales e Históricos sobre la Ciencia, 1992
Victor M. García Nieto es Doctor en Medicina y especialista en Pediatría, responsable de la Unidad de Nefrología Pediátrica del Hospital Universitario Nuestra Señora de Candelaria. Es autor de 140 artículos, de 23 capítulos en libros científicos, de 71 artículos y capítulos de libros sobre temas relacionados con la historia de la medicina. Es autor de cuatro libros de historia de la medicina [La obra pediátrica de Diego Guigou y Costa (1991), Cámaras celíacas y patocativismo o la historia de la enfermedad celíaca en España (1995), El barco de la viruela. La escala de Balmis en Tenerife (2004), Páginas médicas canarias de ayer (2007)] y coeditor de cinco libros relacionados con la historia de la medicina
En la actualidad, es Presidente de la Asociación Española de Nefrología Pediátrica, Coordinador del Grupo de Historia de la Pediatría de la Asociación Española de Pediatría y Director de la revista Canarias Pediátrica. Colaborador habitual de la revista Acta Médica de Tenerife, en la que escribe artículos sobre Historia de la Medicina.
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