Existe un trastorno que no está descrito en los tratados
de patología ni su tratamiento se explica en los manuales de terapéutica
clínica. Se trata de un ente indeterminado que afecta al sistema nervioso
central de las organizaciones en general y a las organizaciones sanitarias en
particular.
Víctor Valencia la define como el interés excesivo y compulsivo que se manifiesta en una
propensión desaforada por las reuniones con el equipo.
Sus síntomas aparecen, como explica Santiago Álvarez de Mon,
cuando las reuniones aumentan su frecuencia de forma exponencial, incrementando
así la “prima de riesgo” para el enconamiento de las relaciones, la
alimentación de los egos y la
dilapidación del tiempo.
Sus síntomas al comienzo son larvados, a veces
imperceptibles, pero cuando se hacen manifiestos es porque probablemente el
objetivo de la organización o grupo no esté claro, de forma que después de las
reuniones estamos en el mejor de los casos
igual que como empezamos.
El hacer reuniones improductivas es una provocación al motín de la tripulación.
Imagen propiedad de Salvador Núñez
Para prevenir la reunitis Luis Puchol Moreno recomienda convocar las reuniones que sean
necesarias (cuyos temas afecten al equipo u organización, que sean importantes,
que requieran la opinión o la creatividad del grupo y que merezcan el coste y
el esfuerzo de convocarla) y evitar las que no lo sean y aplicar las reglas
elementales para convocar, dirigir, conducir e implementar los acuerdos de la
reunión.
Finalmente recordar que “sin reuniones prudentemente
planificadas en el tiempo es difícil que se consolide una cultura sana, que la
inteligencia colectiva tenga una oportunidad de expresarse y consolidarse”
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