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lunes, 8 de octubre de 2012

La historia de la medicina a través de sus personajes y sus textos. Antony van Leeuwenhoek (1632-1723). Por Víctor M. García Nieto


Victor  M. García Nieto es Doctor en Medicina y especialista en Pediatría, responsable de la Unidad de Nefrología Pediátrica del Hospital Universitario Nuestra Señora de Candelaria. Es autor de 140 artículos, de 23 capítulos en libros científicos, de 71 artículos y capítulos de libros sobre temas relacionados con la historia de la medicina. Es autor de cuatro libros de historia de la medicina [La obra pediátrica de Diego Guigou y Costa (1991), Cámaras celíacas y patocativismo o la historia de la enfermedad celíaca en España (1995), El barco de la viruela. La escala de Balmis en Tenerife (2004), Páginas médicas canarias de ayer (2007)] y coeditor de cinco libros relacionados con la historia de la medicina
En la actualidad, es Presidente de la Asociación Española de Nefrología Pediátrica, Coordinador del Grupo de Historia de la Pediatría de la Asociación Española de Pediatría y Director de la revista Canarias Pediátrica. Colaborador habitual de la revista Acta Médica de Tenerife, en la que escribe artículos sobre Historia de la Medicina.


Antony van Leeuwenhoek no era médico, pero hizo por el avance de la medicina más que muchos de los médicos que vivieron en su época. Tenía, no obstante, la primera cualidad que debe tener un investigador, la curiosidad. Era tendero, tenía un comercio de telas, pero era un tendero curioso. Con la ayuda de unas lentes que aprendió a tallar y a perfeccionar, se extasió con la visión de lo diminuto, de lo microscópico. Y confirmó que existía la vida más allá del límite alcanzable por nuestra visión. El texto que reproducimos, expresa la admiración del autor por la visión de la flora saprofita que habitaba en el sarro de sus dientes a pesar de practicar una higiene dental muy loable, ya que se trataba de una práctica poco habitual en su época. La Royal Society de Londres dio el ejemplo de publicar sus observaciones (Philosophical Transactions of the Royal Society),  a pesar de que no era médico.     
Leeuwenhoek. Cortesía de Victor  M. García Nieto

“Le envié hace algún tiempo mis observaciones acerca de los esputos, que he visto después impresas en las Lectures and Collections publicadas por Robert Hooke, secretario de la Royal Society, el año 1678. Desde entonces he realizado nuevas indagaciones en mis esputos, con la idea de que si existen animalillos en el cuerpo acabarán por aparecer tarde o temprano en los conductos salivares. No obstante, en las observaciones que he practicado con tal fin, no he podido descubrir animalillos en ellos, ni añadir nada nuevo a lo que ya tengo escrito.

Por la mañana acostumbro a frotarme los dientes con sal y a enjuagarme después la boca con agua. A menudo, después de comer, me limpio los molares con un mondadientes y me los froto enérgicamente con un trozo de tela. Por ello mis incisivos y mis molares están limpios y blancos, mientras que los ha perdido la mayor parte de las personas de mi edad (cincuenta y un años), y mis encías nunca sangran a pesar de lo fuerte que es la sal con que me las froto. No obstante, mis dientes no están tan limpios que no encuentre introducida entre algunos de ellos, siempre que los miro con una lente de aumento, un poco de materia blanca, tan espesa como si fuera pasta. Al examinarla, pensé, aunque no podía ver nada que se moviera, que quizá contenía animalillos vivos. La mezclé, por lo tanto, en diversas ocasiones con agua limpia de lluvia que no tenía animalillos, y también con mis propios esputos, después de haber eliminado las burbujas de aire para evitar que produjeran cualquier movimiento en ellos. Observé entonces casi siempre, con gran asombro, que en la citada materia existían numerosos animalillos vivos dotados de movimientos muy bonitos”*.

* Arcana Naturae Detecta, Delphis Batavorum, 1695. Traducción al castellano de J. M. López Piñero