“Mi madre ha hecho vacunar al chico de
la criada Nicolasa. Se le han presentado tres viruelas
mayores que las comunes, y que forman debajo
un tumor de alguna consistencia. Ha seguido su
curación con la misma felicidad que los niños del
país, en quienes se ha ejecutado este descubrimiento” *
El descubrimiento e introducción de las vacunas y los
antibióticos es una de las razones más evidentes que han permitido reducir las
tasas de mortalidad infantil, tan elevadas en el pasado. Edward Jenner, un gran
observador, inició esa ardua lucha contra las enfermedades infecciosas que
durante siglos cercenaron muchas vidas. El primer niño vacunado de la viruela, James
Phipps y la lechera donante del fluido vacunal destinado a inmunizar al niño, Sarah
Nelmes, han pasado, con razón, a la historia.
Escribió
Jenner: “Diferentes especies de materiales infecciosos, al ser
absorbidos por el organismo, pueden producir efectos en cierto modo similares,
pero la singularidad del virus de la viruela vacuna es que la persona que ha
sido afectada por él está libre para siempre de la infección de la viruela: ni
la exposición a las emanaciones variólicas, ni la introducción de la sustancia
mórbida en la piel le producirán este mal. Para apoyar este hecho
extraordinario expondré a mi lector gran número de casos.
Figura 1. Portada de la traducción castellana realizada por Balmis
del tratado de Jacques-Louis Moreau de la Sarthe sobre la vacuna antivariólica.
Este libro fue entregado en los distintos puertos a los que arribaba la
expedición
Caso I. José Merret, ahora segundo jardinero del conde de Berkeley, vivía en el año 1770 como sirviente en casa de un granjero vecino de esta localidad. Ocasionalmente ayudaba a ordeñar las vacas de su patrón. Varios caballos que pertenecían a la granja comenzaron a padecer de úlceras en los cascos, y a menudo los curaba Merret. Poco después, las vacas enfermaron de viruela vacuna, e inmediatamente aparecieron varias úlceras en las manos de Merret, seguidas de hinchazón y endurecimiento en las axilas, y se sintió tan indispuesto durante varios días que no pudo cumplir sus tareas habituales. Antes de que sobreviniera el mal entre las vacas, no se había adquirido ninguna vaca nueva en la granja, ni había entrado sirviente alguno afectado de viruela vacuna.
En abril de 1795, al efectuar aquí una
variolización general, Merret fue inoculado junto con su familia; había pasado
un período de veinticinco años desde que contrajera la viruela vacuna y, sin
embargo, aunque el material fue introducido repetidas veces en su brazo, no
logró infectarlo; sólo apareció en la piel, alrededor de las zonas inoculadas,
una erupción que fue tomando un aspecto erisipelatoso en su parte central.
Durante todo el tiempo que su familia padeció de la viruela -uno de sus
miembros en forma muy aguda- permaneció en la casa junto a ellos, sin que esta
exposición al contagio le causara ningún daño…
Caso
XVII. Para observar más detenidamente el progreso de la enfermedad elegí a un
niño sano de unos ocho años de edad, a quién debía inoculársele la viruela
vacuna. El material fue tomado de una úlcera de la mano de una lechera infectada por las vacas de su patrón e
introducido en el brazo del niño el día 14 de mayo de 1796 por medio de dos
incisiones superficiales de media pulgada de largo cada una y que penetraban
apenas en la piel.
Al séptimo día, el niño se quejó de
una molestia en la axila; al noveno día sintió escalofríos, pérdida del apetito
y un ligero dolor de cabeza; pasó el día bastante indispuesto y durmió mal por
la noche, pero al día siguiente se encontraba restablecido.
El aspecto de las incisiones hasta
su completo desarrollo era muy semejante al que resulta de la aplicación del
virus de viruela en las mismas condiciones. La única diferencia que percibí era
que el líquido límpido producido por la acción del virus tomó en este caso un
tinte más oscuro y que la erupción que se extendía alrededor de las incisiones
tenía un aspecto más erisipelatoso que el de las que observamos en general
cuando se ha utilizado material de viruela; pero todo desapareció (dejando en
las partes inoculadas costras y escaras), sin ocasionarnos a mi ni al enfermo ninguna
molestia.
Con el objeto de demostrar que el
niño estaba indemne del contagio de la viruela, luego de haber sufrido su
organismo una afección tan leve provocada por el virus de la viruela vacuna,
fue inoculado el primero de julio del mismo año con material de viruela tomado
directamente de una pústula. Le fueron practicadas varias punciones e
incisiones en los dos brazos, y el líquido fue introducido con todo cuidado,
pero no le siguió ninguna enfermedad. Sus brazos presentaban el mismo aspecto
que el que observamos cuando se aplica material varioloso a un enfermo que ya
ha padecido la viruela vacuna o la viruela. Varios meses después, el niño fue
nuevamente inoculado con material varioloso, lo que no produjo ningún efecto
sensible en su organismo"**.
Canarias
y, en concreto, Tenerife, es un insigne eslabón en la historia de la vacuna
contra la viruela. En efecto, el 9 de diciembre de 1803 la corbeta María Pita
arribó al puerto de Santa Cruz de Tenerife. Entre sus pasajeros figuraban 22
niños expósitos procedentes de la inclusa de La Coruña que constituían los
humildes y eficaces portadores del fluido vacunal. Se trataba de la denominada
expedición Balmis que permitió que muchos niños canarios se vacunasen antes de
que esa expedición llegase a América, su destino principal***.
*Primo de
la Guerra J. Diario I. 1800-1807.
Madrid: Aula de Cultura de Tenerife 1976, pp. 219-320. **Jenner E. An inquiry into the causes and effects of the variolae vaccinae. London 1789. Traducción castellana por R. Navarro Viola.
En: Las tres memorias originales sobre la vacunación antivariólica. Buenos
Aires: Emecé 1946. ***García Nieto V. El
barco de la viruela. La escala de Balmis en Tenerife. Santa Cruz de
Tenerife: Ed. Idea 2004
Victor M. García Nieto es Doctor en Medicina y especialista en Pediatría, responsable de la Unidad de Nefrología Pediátrica del Hospital Universitario Nuestra Señora de Candelaria. Es autor de 140 artículos, de 23 capítulos en libros científicos, de 71 artículos y capítulos de libros sobre temas relacionados con la historia de la medicina. Es autor de cuatro libros de historia de la medicina [La obra pediátrica de Diego Guigou y Costa (1991), Cámaras celíacas y patocativismo o la historia de la enfermedad celíaca en España (1995), El barco de la viruela. La escala de Balmis en Tenerife (2004), Páginas médicas canarias de ayer (2007)] y coeditor de cinco libros relacionados con la historia de la medicina. En la actualidad, es Presidente de la Asociación Española de Nefrología Pediátrica, Coordinador del Grupo de Historia de la Pediatría de la Asociación Española de Pediatría y Director de la revista Canarias Pediátrica. Colaborador habitual de la revista Acta Médica de Tenerife, en la que escribe artículos sobre Historia de la Medicina.
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