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miércoles, 19 de octubre de 2011

Los médicos anuméricos. Armado Aguirre








Armando Aguirre Jaime, Matemático de la Unidad de Investigación del HUNSC


Todo comenzó cuando en aquella brumosa tarde del otoño de 1666 el botonero londinense John Graunt presentó ante la recién inaugurada Sociedad Real su compendio de bodas, nacimientos y defunciones ocurridas desde 1600 en las diferentes parroquias de la ciudad de Londres con el análisis de las diferencias geográficas y temporales de aquellos movimientos naturales de la población, lo que dio origen a la Aritmética Política (Estadística y Demografía). Después fue el matemático suizo Daniel Bernoulli, sobrino de Jacob Bernoulli, el autor de El Arte de la Conjetura (Teoría de Probabilidades) quien presentó en la Real Academia de París en 1730 un modelo epidemiométrico para valorar el impacto de la variolización en Europa empleando un sistema de ecuaciones diferenciales (Modelación Dinámica).

El primer médico que se atrevió a utilizar la aritmética en su consulta para cuantificar datos de sus pacientes, dolencia y tratamientos fue el francés Pierre Charles-Alexandre Louis, allá por el 1840. El novedoso método tuvo seguidores tan conspicuos entre sus discípulos como Louis Renè Villermé y William Farr,  fundadores de la estadística médica y la epidemiología estadística. Pero no fue fácil el comienzo. Tremenda conmoción causó la novedad en los círculos de autoridades médicas de la época, cuyos prohombres, benefactores de la humanidad, llegaron a tildar al Dr. Charles-Alexandre Louis de traidor a la deontología y promulgaron su extradición del ilustre Colegio Médico de París.

Mucho se ha andado desde entonces y la matemática ha ido ganando terreno a pasos lentos pero seguros en el terreno de la medicina científica, que de la otra también hay, la de los charlatanes, que no quieren saber nada de pruebas y demostraciones, porque resulta de Perogrullo andarse con estudios basados en metodología cuantitativa para valorar si en verdad existe la enfermedad que se promulga como cierta, si son válidos y fiables los métodos para su diagnóstico, o eficaces y seguras las intervenciones terapéuticas.

Muchos de los médicos del siglo XXI se parecen a los del siglo V (AC), al apuntarse a uno de los dos bandos, los que creían en el origen miasmático (causa medioambiental) de la enfermedad y los espóricos (causa por agentes biológicos), sin entender que no es lo uno ni lo otro sino su concomitancia. Los bandos de hoy son los que podríamos llamar ingenuos y escépticos. Los primeros creen que los métodos cuantitativos les ofrecen sin ningún género de duda la probabilidad de que un paciente tenga o no el mal que sospechan a partir del resultado de las pruebas diagnósticas realizadas o vaticinan el buen resultado del fármaco prescrito acorde a los resultados de los últimos ensayos clínicos. Los segundos reniegan de la utilidad de disponer de valores predictivos de las pruebas diagnósticas o los rangos de utilidad terapéutica del fármaco, ignoran tales características de sus medios de lucha contra la enfermedad. Ambos, como los de antaño, equivocados en sus posiciones extremas, al no comprender que la verdad no se halla en ninguno de estos posicionamientos, sino en el punto medio entre ambos. No ven ni el alcance ni las limitaciones del empleo de la matemática en su humanística disciplina. Son los médicos anuméricos, que como pintores daltónicos o músicos sordos, no comprenden el verdadero significado y extensión de los aportes que la cuantificación puede aportarles al desempeño de su labor asistencial. El único remedio a tan desacertado entendimiento de la medicina científica es la adquisición de la cultura cuantitativa necesaria para comprender tanto la esencia como las limitaciones de la estadística y otras herramientas matemáticas en el abordaje de los intrincados y complejos procesos de la enfermedad, su diagnóstico y tratamiento.


Armando Aguirre Jaime.
Unidad de Investigación del HUNSC.